
Marcelo Casals: “Uno de los cuestionamientos clásicos a la posibilidad de que podamos hablar de clase media apunta precisamente a su problemática heterogeneidad”
Esta entrevista se enmarca en el lanzamiento del libro Contrarrevolución, colaboracionismo y protesta. La clase media chilena y la dictadura militar (2023) del historiador chileno Marcelo Casals. Las preguntas fueron pensadas a partir de la lectura del articulo del mismo autor en Revista Izquierdas, titulado: Estado, contrarrevolución y autoritarismo en la trayectoria política de la clase media profesional chilena. De la oposición a la Unidad Popular al fin de los Colegios Profesionales 1970-1981(2018). Agradezco a Marcelo Casals su su disposición a concederme esta entrevista.
Por Vicente Hernández Villa
Marzo de 2023
¿De dónde surge la motivación por escribir un libro sobre un sector de la clase media chilena en Dictadura?
Es común que en investigaciones de largo aliento exista primero una inquietud general y que luego, después de varias vueltas, decante un tema que puede alejarse más o menos de la idea original. O esa ha sido mi experiencia al menos. Mi primera intención tenía que ver con estudiar las bases de apoyo del autoritarismo militar, en línea con estudios similares para otras experiencias análogas (la Alemania nazi, la Italia fascista, el régimen de Vichy en Francia, las otras dictaduras sudamericanas, etc.). De fondo estaba la inquietud de que las narrativas históricas, historiográficas y sociales silenciaban dinámicas de colaboración, consenso o cooptación de personas, digamos, “comunes y corrientes”, dado que los énfasis estaban en la represión estatal, las transformaciones económicas y las luchas de oposición al régimen. Todo ello es importante y entendible, pero creo que estamos en una época y en posición (generacional, sobre todo) en la que podemos avanzar hacia temáticas más complejas a la hora de entender nuestra historia reciente. Después de muchas vueltas y tanteando posibles vías de entrada a ese tema, llegué a la posibilidad de utilizar la categoría de clase media. Nuevamente, en ese punto pude beneficiarme de una renovación historiográfica de los estudios de clase media en América Latina durante los últimos veinte años más o menos. Cuando inicié la investigación de archivo, además, me di cuenta que la categoría era profusamente utilizada en el debate público, y que al menos desde la Unidad Popular en adelante (y por cierto antes) alimentó fuerzas sociales y legitimó acción política, tanto en relación al Estado como a la lucha política contingente. Cuando caí en la cuenta -es obvio ahora, pero no lo era para mí entonces- que, por ejemplo, los protagonistas del “paro de octubre” de 1972 eran precisamente aquellas organizaciones que más usaban esta categoría como identidad social y base de sus demandas, supe que ahí había algo importante. Me refiero a quienes son los protagonistas del libro: camioneros, comerciantes, profesionales, pequeños empresarios, entre otros. Y después, cuando empecé a rastrear la historia de esas organizaciones durante la dictadura y vi que reflejaban una trayectoria más o menos común de apoyo primero, desafección progresiva después, hasta una ruptura (de varios de ellos) en los años 1980, pude ver que ese camino me podría llevar a decir algo nuevo sobre la historia de la dictadura y, sobre todo, a complejizar nuestra comprensión general del período que suele verse como una antinomia entre Estado agresor y sociedad civil agredida. La historia de la clase media durante este período -y desde esta perspectiva- muestra que, como casi siempre, las cosas son muchas más complejas, con muchos más dobleces, sombras y espacios ambiguos, de lo que aparentan narrativas fáciles y binarias.
¿Cómo definirías a la clase media y por qué su relevancia?
El problema de la definición de la clase media es de larga data. Es, evidentemente, un objeto de estudio de límites poco claros, algo jabonoso, que se resiste a definiciones taxativas. Muchas veces se hace caso omiso de estas dificultades y se opta sencillamente por definir a la clase media según algunos criterios predefinidos de antemano (ingreso, nivel educacional, etc.) para luego ser impuestos desde la mirada del investigador a determinada estructura social, algo común en cierta sociología y especialmente en la economía. Visto desde una perspectiva histórica, y teniendo en cuenta las formas concretas que asume la formación e identidad de clases, este tipo de ejercicios no son muy productivos: las clases no son simplemente compartimentos que puedan deducirse desde algún criterio ajeno a las propias comprensiones de las diferencias de los propios actores. En ese sentido, la clase media, y la clase en general, puede ser captadas en movimiento, en el despliegue de sus formas concretas, en las distintas formas en que cristaliza, y en la generación y disputa de sus representaciones e identidades. No es simplemente el reflejo automático -un “epifenómeno”- de ciertas estructuras económicas fundamentales, por mucho que en los individuos y grupos que se adhieren a determinada clase estén estrechamente condicionados por sus condiciones materiales. Para la clase media chilena -algo común también al resto de América Latina y más allá- la categoría de clase media comenzó a usarse de modo más sistemático como identidad social en las primeras décadas del siglo XX en la medida en que para entonces existían actores sociales que podían aspirar a una posición diferenciada de los sectores populares y que encontraron en la idea de la clase media un espacio de virtuosidad republicana envuelto en un nacionalismo cultural y económico. Todo esto, recordémoslo, en el contexto de la crisis terminal del Estado oligárquico y su transformación -luego de un par de décadas de turbulencias- en lo que se ha venido a llamar “Estado de compromiso”, con una creciente hegemonía no solo de actores políticos y sociales de extracción no-oligárquica, sino también de la propia idea de clase media. El radicalismo, por ejemplo, se construiría la imagen -de manera bastante exitosa- como el defensor de la clase media, entendida fundamentalmente como aquellos grupos intermedios que crecieron junto a la burocracia estatal y la educación pública. Ese proceso iría fortaleciéndose y diversificándose en las décadas siguientes. El espacio de la clase media adquiriría mayor prestigio y lustre, relacionándose con determinadas moralidades en las formas de vida (familia nuclear, moderación, estabilidad), horizontes de modernidad (principalmente en cuanto al consumo y a las exigencias de la vida urbana) y peso político (relativo a ideas como las del centro político, articulación de alianzas interclasistas, fundamento de la república y la democracia). Es evidente, entonces, que no hablamos de un fenómeno marginal en la historia política y social de Chile del siglo XX. Esas identidades se transformaron también en herramientas de presión política y colaboraron en la formación y expansión del Estado de compromiso durante las décadas centrales de la centuria, favoreciendo en particular a los grupos organizados bajo esa identidad de clase.
Uno de los elementos más llamativos de tu propuesta, creo yo, es proponer que la clase media debe buscarse (y te cito) “a nivel de identidad e ideal social, antes que en la coherencia interna entre sus miembros o contornos precisos de sus límites”. ¿Qué diagnostico tienes sobre el aporte de la historiografía al estudio de la clase media en tanto identidad? Y ¿cómo rastrear esa identidad?
Uno de los cuestionamientos clásicos a la posibilidad de que podamos hablar de clase media apunta precisamente a su problemática heterogeneidad ¿Cómo podríamos hablar de una sola clase media cuando metemos en el mismo saco a un connotado abogado con un humilde comerciante detallista de algún barrio periférico? De ahí que muchas veces se haya dicho que la clase media no es sino una creación reaccionaria, en el peor de los casos, o un autoengaño de proletarios que no quieren serlo, en el mejor de ellos. Otros apuntan a hablar en plural -clases medias- para dar cuenta de ese carácter poco consistente, como si ese gesto lingüístico resolviera algo. Creo que aquí hay dos confusiones que operan al mismo tiempo. Por una parte, al apuntar a la heterogeneidad de la clase media se está afirmando implícitamente que las otras “clases” históricamente identificables no lo serían. Al interior de la clase obrera o la alta burguesía (o las categorías que se prefieran) también pueden rastrearse diferencias enormes de influencia social, modos de vida, orientaciones políticas, etc., y a nadie parece preocuparle lo suficiente como para dudar de su existencia. Por otro lado, apuntar a la heterogeneidad material de la clase media subvalora la potencia política y cultural del hecho de que ese abogado y ese comerciante pueden compartir esa identidad social, y que llegado el momento pueden actuar en alianza dado que entienden que defienden los mismos valores, prácticas y privilegios. Eso fue precisamente lo que sucedió en momentos de polarización y agudización del conflicto político en Chile, en 1972-1973 bajo la Unidad Popular y, una década después, en 1982-1983 con la crisis económica y el inicio de las protestas nacionales bajo dictadura. Por eso es que rastrear la clase media a nivel de identidad social resulta particularmente útil para, a pesar de las diferencias internas, analizar cómo los actores individuales y colectivos que se identifican como parte de la clase media amoldan sus comportamientos a las exigencias cultural e institucionalmente definidas para ser parte de esa clase. Los límites de esa clase, desde esa perspectiva, no pueden ser sino difusos y, en realidad, objetos de permanente disputa. Para ser parte de la clase media no sólo hay que autoidentificarse como tal, sino también ser reconocido por otros, en la medida en que cumplen las condiciones implícitas de formas de vida, condiciones materiales y morales, etc.
La historiografía sobre la clase media chilena y latinoamericana ha sufrido una interesante renovación en los últimos 20 años, más o menos. Antes de eso, y desde los tiempos de la sociología desarrollista de los 1950 y 1960, la clase media había sido asumida como un hecho objetivo de la realidad -toda sociedad tenía una, simplemente por una cuestión aritmética- que había que analizar y entender. En muchos casos, el punto estuvo en desentrañar su “misión histórica”, ya sea ser la guía para el resto de la sociedad en el camino al desarrollo y la modernidad, ya sea su falta de preparación histórica para cumplir ese rol, y su limitación a ser un apéndice patético de la oligarquía y el imperialismo (algo muy evidente en las interpretaciones cercana a la teoría de la dependencia). El giro lingüístico y cultural de los años posteriores hizo lo suyo, alimentando un conjunto productivo de investigaciones que -en la línea de la clásica fórmula de E.P. Thompson- rastrean históricamente a una clase más en su despliegue temporal que en una imagen estática de estratificación social[1]. En ese esfuerzo, aquellas dimensiones culturales y discursivas se vuelven de primer orden. Yo estoy de acuerdo con ese enfoque historiográfico reciente (el listado es largo, e incluye a historiadores como David Parker, Patrick Barr-Melej, Ezequiel Adamovsky, Brian Owensby, A. Ricardo López y Azun Candina). Mi único matiz al respecto es que a veces se olvida demasiado rápido la dimensión material del asunto, no como la base estructural que sostiene todo el resto, sino más bien como oportunidades para que determinados actores sociales puedan apelar con éxito al ideal de clase media. Es decir, es materialidad culturalmente significada por las propias exigencias de clase (empleo, vivienda en determinado barrio, vestimenta, comida, consumo, etc.) y no mera base material neutra.
Creo que una forma particularmente productiva de rastrear este proceso es a través del estudio de organizaciones sociales que asumen y proyectan en la esfera pública esa identidad de clase media. Fue lo que hizo, entre otros, David Parker en un estudio señero sobre los empleados peruanos y la “idea de clase media” a principios del siglo XX[2]. Algo similar intenté hacer en el libro, considerando que es allí, en la propia práctica política y social, desde donde emergen las expresiones más nítidas de la clase media en tanto identidad social en permanente tensión y disputa.
En tu articulo dedicas unos párrafos a explicar el contexto en el cual surgió y se moldeo la clase media chilena, de carácter heterogéneo y poroso en sus fronteras como mencionas. ¿podrías profundizar en las condiciones por las cuales se formó como clase social?
Ya he dado algunos antecedentes al respecto. Al igual que en otros países de América Latina y lo que después se conocería como el “Tercer Mundo”, la clase media chilena -o más precisamente, los actores que luego se identificarían como tal- emergieron junto a la expansión del Estado tanto en empleo, servicios y educación pública. Como señala Marianne González Le Saux en un estudio clave para estas cosas, muchos sectores intermedios con acceso a cierto nivel de recursos económicos acumulados en las últimas décadas del siglo XIX -comerciantes, sobre todo- reinvirtieron ese capital económico y lo transformaron en capital cultural en sus hijos a través de la educación[3]. La expansión del empleo público en el Estado y de las franjas intermedias de empleados en el mundo privado en años de rápida y transformadora urbanización (sobre todo en Santiago) colaboraron también en hacer de la identidad de clase media algo crecientemente importante y deseable. La crisis del Estado oligárquico hizo más patente la importancia de esta relativamente nueva identidad social. En 1919, por ejemplo, se fundó una “Federación de Clase Media”, de marcado cariz conservador. Más allá de la marginalidad política de ese grupo, el hecho de que ya existieran organizaciones que asumieran explícitamente esa categoría da cuenta de la importancia que iba tomando por entonces. Una vez superada la crisis del Estado oligárquico -primero, con la Constitución de 1925 y después, de modo más decidido, con la elección de Pedro Aguirre Cerda y el Frente Popular en 1938- aquellos grupos organizados que asumieron la identidad de clase media y la movilizaron para presionar al Estado (profesionales, comerciantes, pequeños industriales, transportistas, etc.) se fortalecerán y expandirán. La propia legislación del período acompañó el proceso. El Código del Trabajo hizo la distinción legal entre obreros y empleados, y hacia finales del segundo gobierno de Alessandri se instituyó el “sueldo vital” que indexaba a la inflación el salario de los segundos. La legislación, además, le entregó una serie de facultades a estas organizaciones. Los colegios profesionales, por ejemplo, eran creados por ley y tenían funciones para-fiscales. Todo aquel que quisiera ejercer determinada profesión tenía que “colegiarse” y someterse a los tribunales de ética respectivos. Todo eso hizo que los colegios profesionales fuesen poderosos y respetados, aumentando con ello su capacidad de incidencia en el Estado. Algo en la misma línea puede decirse de muchos otros grupos de clase media.
En suma, las formas particulares que asumió la clase media chilena en la esfera pública estuvieron íntimamente vinculadas al reconocimiento estatal de su importancia. De allí que la clase media fuese también una herramienta política y cultural para presionar al Estado por más exenciones y privilegios en un sinnúmero de materias (recordemos, por ejemplo, la existencia de “cajas de previsión” especiales para distintas categorías de profesionales y empleados, con condiciones mucho más favorables que la mayoritaria caja de seguro obrero).
¿Se puede asumir que el “Estado de compromiso” tuvo como objetivo la expansión de la clase media?
No de manera explícita y deliberada, pero sí resultó en eso. En términos de salarios, empleos, educación y prestaciones sociales, fueron los grandes beneficiarios, con sus respectivas organizaciones a la cabeza. Además, desde los 1950 en adelante, la categoría de clase media se hizo de uso común en términos casi siempre positivos (aunque la decadencia del radicalismo le añadió a ratos algunos toques satíricos), con la gran excepción de la izquierda marxista y sus intelectuales, quienes nunca dejaron de sospechar de lo que acusaban era el carácter ambivalente e imitativo de estos grupos. La continua urbanización y modernización en el centro de las ciudades -y la pauperización y miseria extrema de los nuevos llegados en sus periferias que contrastaba de manera evidente con la respetabilidad mesocrática- colaboró con este proceso. La Democracia Cristiana, durante los 1960, fue capaz de construir allí una base de apoyo significativa, aunque no unánime (porque aún existían líneas de división religiosas que empujaron al muchos radicales a la izquierda antes que a una alianza centrista con los democratacristianos), como lo demuestra la multiplicación de militantes DC en las dirigencias de las organizaciones de clase media. El Estado de compromiso, o el modelo estatal desarrollista de las décadas centrales del siglo XX, tuvo una especial preocupación por los sectores urbanos organizados, porque eran quienes podían presionar al Estado y que podían recibir las prestaciones estatales (a diferencia del mucho más complejo y controlado mundo rural, por ejemplo). En esa dinámica, estos grupos de clase media estuvieron en primera línea.
Tu defines la relación de los profesionales con la Unidad Popular como una “tensa luna de miel”. ¿por qué el triunfo de la UP no genera alarmas? Más allá del arquetipo político de clase media de Salvador Allende, que dejas en claro.
Porque al menos durante los primeros meses las cosas siguieron como siempre. Esos canales de negociación y participación con el Estado que se habían construido en las décadas anteriores siguieron operando. Allende estaba particularmente consciente de la importancia de ampliar la base de apoyo del gobierno hacia esos sectores, por lo que fue especialmente solícito en atenderlos y satisfacer sus demandas durante este período inicial. Además, esos grupos lo veían como un par en su condición de masón y médico (de hecho, fundador y ex presidente del Colegio Médico). Por supuesto que muchos de los dirigentes de clase media tenían sus propias orientaciones políticas que no coincidían con el gobierno, especialmente aquellos que lograrían fama y reconocimiento en la lucha contra la UP como el comerciante Rafael Cumsille o el camionero León Vilarín, pero mientras ellos siguieran teniendo llegada tanto en La Moneda como en el Congreso y, en términos simbólicos, su papel y estatus se siguiera respetando, no tenían problemas en posar con rostro feliz junto al propio Allende, como puede verse en algunas de sus revistas institucionales de los primeros meses de gobierno.
Tú explicas que muchos profesionales y técnicos resintieron la llegada de obreros a puestos directivos de empresas socializadas, ya que lo percibían como un atentado contra la “dignidad profesional”. ¿Esto demuestra lo que para E.P. Thompson sería la conciencia de clase?
Demuestra más bien el peso de la dimensión simbólica en las formas en que se manifiestan las identidades de clase. Permíteme aquí contar una anécdota, que no quise incluir en el libro y que de cierta manera es el origen remoto de esta investigación. Mi abuelo materno era funcionario público en una repartición provincial del Ministerio de Obras Públicas en Chillán, es decir, casi el arquetipo de clase media. Siempre fue de sensibilidad conservadora y, por supuesto, estuvo contra la Unidad Popular. En los años 1990 -yo no debí haber tenido más de 11 o 12 años- intenté preguntarle sobre su experiencia en esa época, básicamente porque yo mismo entendía bastante poco del asunto pero parecía ser importante. Eran, repito, los años 1990, época en la que existía una especie de consenso tácito para no hablar del pasado reciente chileno y conformarse con las expectativas abiertas por la modernización compulsiva y las nuevas libertades públicas de la transición a la democracia. Lo único que logré sacarle fue una frase que en el momento no entendí y que vine a recordar muchos años después: para mi abuelo, los años de la Unidad Popular habían sido una época “horrible”. Cuando quiso argumentar por qué había sido así, simplemente se limitó a decir: “porque mi jefe era un obrero”.
La idea de que las jerarquías sociales estaban perdiendo su valor, y que todos aquellos mecanismos de distinción estaban siendo reemplazados por una celebración del mundo obrero fue algo que afectó profundamente las subjetividades de estos sectores de clase media, empujándolos con cada vez más decisión y masividad al campo contrarrevolucionario. En ese sentido, como en el caso de mi abuelo, fue experimentado en términos apocalípticos. Eso hizo que ese cambio desde la luna de miel hasta la guerra social contra la izquierda en el poder fuese extraordinariamente rápido. En octubre de 1972, la clase media organizada lideró un masivo paro nacional, el primer desafío de masas para el gobierno de la Unidad Popular.
A raíz de la pregunta anterior, mucho se ha escrito sobre las diferencias sociales, políticas, económicas y culturales entre las clases más desposeídas y las clases dominantes. Pero ¿qué podrías decir sobre las diferencias entre clases medias y las otras clases aludidas?
Algo de eso ya he mencionado: al interior de la clase media las condiciones materiales podían ser muy distintas -pensemos otra vez en el connotado abogado y el humilde comerciante de un barrio periférico-, pero los unía una misma identidad que, en determinados momentos, podía unirlos en una lucha en común. Para el pequeño comerciante, la diferencia con sus vecinos era su carácter independiente y no asalariado, mientras que el abogado se diferenciaba de sectores oligárquicos por sus labores profesionales o su modo de vida. Es posible que ambos tuviesen una infinidad de redes personales y familiares con el mundo popular y oligárquico respectivamente, pero encontraron en la identidad de clase media un espacio de virtuosidad y respetabilidad al que podían apelar de manera más o menos convincente. De allí que las diferencias y fronteras entre clase media y el resto se dieron más a un nivel simbólico-identitario antes que en uno necesariamente material. Por supuesto, la materialidad impone ciertos límites a estas fronteras culturales. Un obrero precarizado o un multimillonario no pueden apelar de manera convincente a una identidad de clase media. Recordemos que hace unos años lo intentó hacer Sebastián Piñera -una de las fortunas más grandes de Chile- y la reacción generalizada fue de burla o al menos escepticismo.
El apartado 3 del artículo, se titula “Los profesionales y la Unidad Popular. De la protesta a la contrarrevolución”. ¿De qué manera percibes que esta postura contrarrevolucionaria influye en el desenlace de la UP?
No sólo fueron los profesionales lo que adhirieron a lo que llamo un “bloque social contrarrevolucionario”, sino que todos los otros grupos de clase media que he mencionado también. Para ellos fue una experiencia completamente novedosa. Su modus operandi había sido el de la negociación y la presión, con algunos contados episodios de huelga sectorial cuando no era posible llegar a acuerdos (pensemos, por ejemplo, en las grandes huelgas de empleados contra González Videla en 1951). Todo eso estaba a años luz de movilización callejera y un paro nacional como el de octubre de 1972. Tomado en conjunto, esa movilización civil y mesocrática -con fuerte apoyo, como era de esperarse, de los medios de comunicación conservadores, el empresariado, la oposición política, e incluso de los Estados Unidos- fue un factor clave que explica el desenlace de la Unidad Popular. Allende sufrió una derrota política primero, y militar después, en el sentido de que la situación llegó a tal nivel de polarización y desestructuración económica que abrió el espacio para que un grupo significativo de la población apoyara una intervención militar y la conculcación de la democracia chilena. Al menos desde la evidencia que puede rastreare en las organizaciones mesocráticas, resulta evidente que una importante mayoría de la clase media se había inclinado por una solución de esa naturaleza en 1973.
Del artículo se entiende que las clases medias chilenas eran incompatibles con un proceso como el de “la vía chilena al socialismo”, pero también con el neoliberalismo, de ahí su quiebre con la dictadura. ¿Esto tiene que ver con la particularidad de la trayectoria “chilena” o con una especie de incompatibilidad estructural de las clases medias con estos dos modelos antagónicos de sociedad?
Creo que no hay incompatibilidades estructurales de las clases medias ni con el socialismo ni con el neoliberalismo. Hubo, en ciertos momentos y en ciertas circunstancias, oposiciones a esos dos tipos de proyectos como resultados de las dinámicas de conflicto político que redefinieron los propios significados de la clase media. En el libro trato esto con algo más de detalle: mientras en la Unidad Popular la clase media asumió tonos inequívocamente antimarxistas, entendiéndolos como la última defensa de la democracia y la civilización ante la amenaza del totalitarismo revolucionario, a finales de los años 1970 y principios de los 1980 los significados de la clase media apuntaron más bien a su intolerable pauperización como producto del neoliberalismo y la concentración del poder económico, asumiendo nuevamente el rol de defensor de la democracia en tanto forma aceptable de ejercicio del poder político (a diferencia, evidentemente, de la dictadura militar). La implementación del neoliberalismo, en ese sentido, fue una experiencia dura para estos sectores, quienes habían apoyado a la dictadura en sus primeros años hasta precisamente la victoria de los Chicago Boys. Como esas reformas económicas fueron vistas como científicas y por ende no-negociables, los canales de participación y negociación con el Estado se fracturaron (otra vez). Si bien para algunos de estos grupos de clase media organizada continuó operando la memoria contrarrevolucionaria que los identificaba con la dictadura, fue una postura cada vez más difícil de sostener, sobre todo cuando la propia dictadura empezó a amenazar el edificio institucional sobre el que se sostenía esa clase media. En 1981, por ejemplo, el régimen decidió la disolución de los colegios profesionales y su reemplazo por asociaciones gremiales con facultades muy disminuidas. Los reclamos se escucharon incluso desde sectores firmemente oficialistas. De más está decir que esa retórica anti-neoliberal se morigeraría notoriamente en los años de la transición dado que era otro momento político: los abusos del mercado, se entendía ahora, podían amortiguarse con ciertas políticas sociales. Pero por sobre todo, había que cuidar la frágil estabilidad institucional y no ser demasiado osados en los cambios al modelo económico. Para muchos de estos grupos -los profesionales, sobre todo-, además, el nuevo modelo económico ahora legitimado con la democracia les era particularmente beneficiosos. No es de extrañar que sean precisamente los colegios (a pesar de su condición de asociaciones gremiales) las únicas organizaciones de clase media que aún conserven cierto lustre y relevancia política-social.
Pensando en el presente (Proceso constituyente, revuelta, gobierno de Apruebo Dignidad, triunfo del rechazo) ¿Cuál es tu mirada sobre las clases medias hoy?
La forma en que las identidades de clase media circulan, se ponen en tensión y se apropian son muy distintas en relación a lo que pasaba en los años 1970 y 1980. La mayoría de las organizaciones de clase media están hoy muy debilitadas o bien no tienen un rol en la definición de los contenidos de lo que significa hoy la clase media. Por el contrario, eso se hace desde el poder político (el segundo gobierno de Piñera, hasta el estallido social, fue especialmente insistente en eso), los medios de comunicación o el consumo y el marketing (muchos proyectos inmobiliarios venden, a precios muy elevados, la oportunidad de vivir lo que se supone es una vida de clase media en barrios como San Miguel, Ñuñoa o Santiago centro). Con todo, hay aún dinámicas que se replican. La moralidad de clase media requiere de ciertas estabilidades y promesas cumplidas para que todo siga en paz. Cuando un segmento significativo de actores llegan a la conclusión de que los límites de la “economía moral” mesocrática no se están respetando, la situación se complejiza. Creo que en parte el estallido social fue un movimiento mesocrático (aunque inorgánico), en el sentido de reacción ante las promesas incumplidas del Estado y del modelo económico en material de salud, vivienda, educación y pensiones, áreas tradicionalmente sensibles en la identidad de clase media. Ni las pensiones proyectadas permiten una vida “digna” (es decir, apropiada para las exigencias de una respetable vida de clase media) ni un cartón universitario garantiza un nivel de vida acorde al nivel técnico o profesional, etc. Esa constatación colectiva, me parece, fue un motor muy fuerte que alimentó las protestas. Que todo el asunto haya derivado en un cambio constitucional -más allá del fracaso del primer intento- deja ver que el punto general estaba más en la reforma al sistema para responder a estas necesidades -para que, en definitiva, las promesas se cumplieran- antes que cambios radicales o de otra naturaleza.
Notas
[1] E.P Thompson, La formación de la clase obrera en Inglaterra (Madrid: Capitán Swing, 2012). Véase especialmente el prefacio.
[2] David S. Parker, The Idea of the Middle Class: White-Collar Workers and Peruvian Society (University Park, Pa.: Pennsylvania State University Press, 1998).
[3] Marianne González Le Saux, De empresarios a empleados: clase media y Estado docente en Chile, 1810-1920 (Santiago: LOM Ediciones, 2011).

