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Julio Pinto: “Estamos todavía muy lejos de superar las divisiones que se derivan del golpe del 73. Por lo mismo, sospecho que seguiremos discutiendo y disputando en torno a eso por mucho tiempo más.”

Julio Pinto Vallejos es Doctor en Historia por la Universidad de Yale. Ha sido académico en las universidades de Talca, Arcis, Católica de Chile y de Santiago de Chile. Sus temas de investigación van desde los conflictos laborales en el norte salitrero, pasando por la conformación de las identidades populares, la conformación del Estado nacional en el siglo XIX, así como los procesos de transformación que este vivió durante el XX. En el año 2016 fue galardonado con el Premio Nacional de Historia. Esta conversación se enmarca dentro una serie de entrevistas a historiadoras e historiadores por motivo de la conmemoración de los 50 años del Golpe de Estado en Chile.

11 de septiembre de 2023

En un estado muy preocupante. La izquierda enfrenta la coyuntura en un contexto de fuerte derrota política, marcada por el debilitamiento de la movilización social y la derrota del proyecto de constitución elaborado por la Convención Constitucional. Como contrapartida de lo mismo, la derecha la enfrenta ensoberbecida por esas derrotas, y por los resultados de las últimas elecciones. Eso les permite decir cosas que hasta hace poco no se atrevían a decir en voz alta, y a reivindicar abiertamente los actos y legados de la dictadura. No sé cuánto irá a durar esta configuración política, porque claramente estamos frente a un ambiente muy fluido y muy cambiante. Pero es una lástima que esta reacción haya coincidido justo con la conmemoración de los 50 años.

Pienso que esta conmemoración sorprende a la izquierda mucho más debilitada que las dos anteriores. Tanto el 2003 como el 2013 se caracterizaron por un mayor interés y apertura de la sociedad hacia estas temáticas, incluyendo una reivindicación de la experiencia de la UP y una crítica más generalizada a los legados de la dictadura. Esto resultó particularmente llamativo para los 40 años, por haberse desarrollado en el contexto de un gobierno de derecha (Piñera 1), al que obviamente no le interesaba en absoluto darle tribuna o proyección a este despliegue de memoria. Así y todo, estimo que ese hito concitó mucho mayor interés y empatía que el actual.

En parte, mi respuesta coincide con lo dicho frente a la pregunta 1. Agregaría aquí que la arremetida de la derecha se ha visto facilitada por un ambiente enrarecido por una situación económica difícil, por los efectos psicológicamente desestabilizadores de la inmigración masiva, y por un sentimiento de inseguridad majaderamente alimentado por los medios de comunicación, todo lo cual contribuye a una suerte de nostalgia por un mayor sentido de autoridad. Muchas personas, y no sólo de las clases altas, se sienten desamparadas frente a esta constelación de problemas, y ven la conmemoración de los 50 años como algo muy desconectado de sus realidades cotidianas, reacción muy hábilmente explotada por la derecha. Otro factor que ha incidido en este mismo sentido es la desafección masiva respecto de la política, un fenómeno que no es exclusivo de nuestro país, y que también facilita la receptividad a discursos cortoplacistas y simplistas. Y por último, la coincidencia de todo lo anterior con un gobierno que la mayoría de las personas (salvo los sectores más radicalizados) identifican como de izquierda, y por lo tanto afín a la obra de la UP, lleva a culpabilizar a las actuales autoridades de los problemas que se viven.

No es un ámbito sobre el cual maneje mucha información. Podría decirse que el solo hecho de que la sociedad siga crispada en torno a este debate demuestra que no se ha olvidado ni perdonado nada, y que la memoria de los últimos 50 años sigue muy viva y lacerante. ¿Cuánto de esto obedece a políticas desplegadas desde el Estado, y cuánto a la capacidad de los propios sectores de izquierda en mantener el debate abierto? No lo sé. En un plano más inmediato, sí me parece rescatable la iniciativa de reabrir y reforzar desde el Estado la búsqueda de los detenidos desaparecidos, cosa que no se había hecho en los 30 años anteriores.

Pienso que las derrotas políticas sufridas durante el último año lo han dejado un tanto descolocado. Mi impresión es que al asumir el gobierno, había una voluntad de darle más relieve y significado a la conmemoración de los 50 años, pero su evidente debilitamiento desde septiembre del año pasado lo ha llevado a tener una actitud más bien confusa y zigzagueante, tensionada entre el impulso de darle el peso histórico y simbólico que tiene, y el afán de no seguir abriendo flancos de conflicto con la derecha—y con el numeroso electorado que actualmente la apoya.

No veo mucha diferencia práctica entre uno y otro concepto. Si definimos “fracaso” como la incapacidad de lograr los objetivos planteados, la experiencia de la UP fue un fracaso: no se logró transitar hacia el socialismo. Si definimos “derrota” como la incapacidad de resistir los golpes de un adversario (o un enemigo), la UP no logró ni impedir ni revertir el golpe de estado. Me imagino que la pregunta se refiere más bien al peso relativo que tuvieron en el desenlace golpista los errores propios y las imposiciones ajenas. Si es así, pienso que hubo de los dos. No cabe duda que la arremetida de los numerosos y poderosos enemigos del proyecto de la UP (partidos de derecha, gran empresariado, fuerzas armadas, gobierno de EE. UU.) fue fundamental en precipitar el golpe. No era poco lo que se jugaban. Pero también hubo errores propios, empezando por la incapacidad de mantener la unidad mínima necesaria para hacer frente a esa muy previsible arremetida. Tampoco se logró la apuesta del propio Allende, y de quienes apoyaban la vía institucional de avance hacia el socialismo, de captar y mantener un apoyo electoral mayoritario, sin lo cual dicha vía era impracticable. Pero quienes estaban por la vía armada tampoco fueron capaces de levantar una fuerza que de verdad pudiese neutralizar la también previsible reacción de los enemigos del proyecto, quedándose más bien en un plano declarativo. ¿Fracaso o derrota? Las dos cosas a la vez. 

Puede que la opinión venga muy de cerca, pero tengo la impresión de que las editoriales son uno de los espacios que mayor tribuna le han dado al tema de los 50 años (me imagino que esa es la coyuntura a la que alude la pregunta). Esto por cierto no se circunscribe a las editoriales de izquierda: no me deja de llamar la atención que un libro como el de Daniel Mansuy sea uno de los “súper ventas” del momento. Como sea, el debate sobre los 50 años parece estar más activo en el mundo editorial que en otros planos del debate público o la contingencia.

Un rol fundamental. El “Chile Actual” (por citar un gran libro de Tomás Moulian) es resultado directo de la doble experiencia de la Unidad Popular y la dictadura, y por tanto resulta imposible de entender si no se calibra bien el impacto histórico de esa doble experiencia. Eso es lo que no entienden quienes piensan que la conmemoración de los 50 años no tiene mayor relevancia frente a los desafíos de este momento—o quienes quisieran enterrar u olvidar esa genealogía, como algunos sectores de la derecha. Estamos también, pienso yo, en un cambio de fase histórica, sin que esté muy claro aún hacia dónde transitaremos como sociedad. Lo que se está debatiendo ahora, por debajo de las escaramuzas políticas cotidianas, es el tipo de país en que nos vamos a convertir. Y como siempre, en esos debates y en esos momentos, la apelación a la historiografía es—o debería ser—inevitable.  

Extrapolando un poco a partir de mi respuesta anterior, es importante tomar conciencia que, por mucho que se derive de lo vivido durante el último medio siglo, la sociedad chilena actual es muy diferente de lo que éramos hace 50 años. Es un dato fundamental para poder insertarse en el debate sobre el país que nos gustaría construir, pues cualquier proyecto de cambios debe necesariamente partir de un buen diagnóstico del país en el que actualmente vivimos, y de las actorías, sobre todo colectivas, que deberán posicionarse frente a ese debate. Para esos efectos, un buen análisis de historia social resulta imprescindible.

En general, la historiografía no es muy buena para hacer pronósticos, menos en un momento de tanta incertidumbre como el actual. Por esa razón, no me atrevería a proyectar escenarios futuros. Lo que sí me queda claro es que, evidentemente, estamos todavía muy lejos de superar las divisiones que se derivan del golpe del 73. Por lo mismo, sospecho que seguiremos discutiendo y disputando en torno a eso por mucho tiempo más—salvo que se confirme la tesis derechista de que estamos hablando de algo que le interesa cada vez a menos personas. Quisiera creer que no es así.