
Marcelo Casals: “Lo que podría haber sido un fenómeno relativamente marginal en tiempos de la pax concertacionista, se transformó en una avalancha política y electoral en tiempos de crisis hegemónica abierta por el estallido social, en tanto una posible salida a esa crisis. De la izquierda depende articular otra solución viable y mayoritaria a ese problema.”
Marcelo Casals es Doctor en Historia de América Latina por la Universidad de Wisconsin-Madison. Actualmente se desempeña como investigador y profesor en el Centro de Investigación y Documentación (CIDOC) y la Escuela de Historia de la Universidad Finis Terrae. Sus investigaciones se enmarcan en la Guerra Fría latinoamericana (en particular en Chile), con énfasis en el anticomunismo, la izquierda, y la clase media. Esta conversación se enmarca dentro una serie de entrevistas a historiadoras e historiadores por motivo de la conmemoración de los 50 años del Golpe de Estado en Chile.
23 de septiembre de 2023
En su opinión ¿en qué estado se desarrolla la conmemoración de los 50 años del golpe en nuestro país?
Mucho me temo que aquí no voy a decir algo muy original. Estamos en un momento de crisis hegemónica cuya resolución aún no se vislumbra. Aparentemente, ya ni siquiera un nuevo texto constitucional operaría como cesura de la crisis, como quizás en algún momento fue posible. Dada esa crisis -una crisis hegemónica, una crisis de la capacidad del sistema por convencer y responder a intereses colectivos significativos, una crisis también de las fuerzas políticas que quieren pero no pueden ofrecer alternativas viables- han emergido memorias apologéticas de la dictadura que hace sólo algunos años atrás habrían sonado muy fuera de tono en relación a la discusión política general. Y es que la memoria funciona así: no es un camino lineal de acumulación de experiencias, sino que marcos sociales de sentido que responden al equilibrio de fuerzas de cada momento y se enfrentan a marcos antagónicos por la legitimidad social. Esa “batalla cultural”, en términos generales, fue ganada en los 1990 y sobre todo en la primera década de los 2000 en favor del campo antidictatorial, democrático y defensor de los DDHH. Hoy, sin embargo, esas memorias sociales si bien aún vigentes y vigorosas tienen que enfrentarse a aquellas más firmemente ancladas en subjetividades contrarrevolucionarias, desde la ultraderecha hasta la derecha liberal. Y por si fuera poco, todo ello en un contexto de debilidad política de la izquierda, sobre todo luego de la derrota en el plebiscito constitucional. Con todos esos ingredientes sobre la mesa no es extraño que la conmemoración del 11 haya estado atravesada por tensiones políticas y gestos de encono en el mundo político-institucional (y más allá). Mi gran temor, más que la polarización, es que todo eso conduzca a un hastío generalizado en torno a nuestra historia reciente.
En relación a las actividades de conmemoración de los 50 años del golpe, ¿Qué tan diferentes son estas reivindicaciones en comparación con las conmemoraciones del año 2003 y 2013? ¿Cuáles considera que son los principales conceptos y debates que perfilan este año de conmemoración?
Por lo dicho antes, la situación evidentemente es muy distinta de la de 10 o 20 años atrás. Hagamos un poco de memoria: el 2003 fue un momento de “explosión” de la discusión social e historiográfica sobre la dictadura, luego de que en los años 1990 la situación haya estado atravesado por silencios y tabúes en aras de la gobernabilidad y el miedo a una regresión autoritaria. Todo ello marcó mi propia biografía y mi trayectoria posterior. En los años 1990 era un adolescente de la capital que experimentaba una enorme confusión ante la presencia casi espectral del pasado reciente y la imposibilidad de hablar (o leer) abiertamente sobre ello. Donde iba a buscar algo de información, recibía de vuelta eufemismos, respuestas cortas o simplemente negativas a hablar de un pasado aun supurante. Todo ello se agudizó en mis años de enseñanza media, con Pinochet detenido en Londres. La situación era tensa pero, nuevamente, no podía entender del todo a qué se debía. Fue la razón que estuvo de fondo a la hora de decidir estudiar historia. El 2003 estaba en segundo año de la carrera, y la discusión pública, mediática e historiográfica apareció por todos lados, con “memorias emblemáticas” fuertes, tanto en quienes denunciaban a la dictadura y sus legados como quienes la defendían (a la vez que negaban los horrores de la represión). En gran medida, fue el momento en que decidí que me debía dedicar al estudio de la historia política reciente, el camino más directo (por cierto, no el único) para hacer sentido de un presente entonces aún cruzado por negativas y silencios.
El 2013 la situación fue distinta. Si bien no pude captar de primera mano el ambiente local porque estaba haciendo mi doctorado en el extranjero, fue evidente que las conmemoraciones del golpe transcurrieron bajo cierto tono consensual. Era evidente que la “batalla cultural” en torno a las memorias de la dictadura se había inclinado por aquellas defendidas por sectores democráticos y defensores de DDHH identificados con la izquierda y la Concertación. Hasta el propio Piñera, por entonces el primer presidente de derecha electo en más de medio siglo, habló de “cómplices pasivos”, una figura que si bien se queda corta con respecto a las dirigencias de derecha que entonces ocupaba el gobierno, era un gran avance desde el negacionismo cerrado de los 1990 y la estrecha identificación con Pinochet agudizada por su detención en Londres en 1998-2000.
Este año, como ya mencioné, la situación es distinta, marcada por la crisis hegemónica del orden de la transición, la debilidad ideológica, orgánica y electoral de la izquierda y el auge de fuerzas ultraderechistas con discursos equivalentes a los articulados por la derecha política en los 1980 y 1990. El gobierno de Boric pareció asumir un tono más ecuménico y prudente en un momento, pero a medida que se acercaba el 11 endureció en algo la postura. Posiblemente eso tenga un costo político, pero creo que fue lo que debía hacerse ante la reedición de memorias contrarrevolucionarias de la derecha y la ultraderecha local.
En relación con esto, desde su punto de vista ¿Cuáles han sido los hitos o procesos del último tiempo que han potenciado la reactivación de sectores negacionistas?
Como sabemos, el fenómeno del nacional-populismo se desarrolla a escala global, y obedece al agotamiento del neoliberalismo y su incapacidad para reproducirse en el tiempo sin anteponerse a los intereses de las mayorías. La crisis actual, ahora podemos ver en retrospectiva, ya tiene al menos unos 15 años, desde la crisis “sub-prime” que en este lado del mundo no nos golpeó tanto, pero tuvo hondas consecuencias en los países centrales del capitalismo global. Ahora, aparentemente, es nuestro turno de lidiar con este fenómeno. Pero aquí en América Latina el asunto tiene ciertas particularidades, porque el nacional-populismo regional puede apelar directamente a memorias contrarrevolucionarias relativamente recientes, ancladas en el ciclo de dictaduras de seguridad nacional desde los 1960 a los 1980. Bolsonaro fue explícito al respecto, y así también los más estrechos colaboradores de Milei en Argentina. Para qué hablar de Kast en Chile. Esa articulación entre el fenómeno global y las articulaciones locales puede verse, por ejemplo, en el odio compulsivo frente a la ONU. Por una parte, es expresión del nacionalismo ultraconservador reacio a instancias liberales y cosmopolitas de entendimiento multilateral, una herencia directa del carácter antimoderno del conservadurismo desde el siglo XIX. Pero en estas latitudes, es también parte de las memorias contrarrevolucionarias en tiempos que la ONU fue una de las arenas más importantes de denuncia de las dictaduras militares en clave de Derechos Humanos. Así es como se entremezclan, entonces, la inserción de nuestro escenario político en contextos globales con las historias particulares locales y regionales del último medio siglo.
En Chile, el auge del negacionismo va de la mano de la expansión de las derechas radicales, que a su vez se nutre de la crisis del orden de la transición. Los consensos, arreglos y acomodos de la centro-izquierda -tan criticados, en distintos planos, por las izquierdas que quedaron fuera de ese pacto-, también operaron para las derechas, las que poco a poco se fueron alejando (al menos retóricamente) de su adhesión al autoritarismo en aras de la defensa de lo central del neoliberalismo. Eso, en esencia, fueron las dos administraciones de Piñera. Como era de esperar, eso también generó resquemores en las alas más duras de la derecha, una especie de versión conservadora de los debates entre “autocomplacientes” y “autoflagelantes” al interior del mundo de la izquierda y la centro-izquierda. No olvidemos, a ese respecto, que Kast viene de la UDI. Lo que podría haber sido un fenómeno relativamente marginal en tiempos de la pax concertacionista, se transformó en una avalancha política y electoral en tiempos de crisis hegemónica abierta por el estallido social, en tanto una posible salida a esa crisis. De la izquierda depende articular otra solución viable y mayoritaria a ese problema.
¿Qué le parece la labor del Estado chileno en torno a la memoria? ¿Qué políticas del Estado considera importantes en el último tiempo?
Esta es una discusión que tiene al menos 30 años, desde el inicio de los gobiernos concertacionistas. Las comisiones de verdad -Rettig y Valech- fueron avances significativos en sus respectivos contextos a la hora de establecer verdades empíricas con respecto a la violación de los DDHH. Fueron aspectos centrales de la victoria relativa de la “batalla cultural” a la que hice alusión antes. Pero también tuvieron costos en materia de verdad y justicia (sobre todo justicia). También en cuanto a una “despinochetización” integral del Estado y el sistema político, como los fracasos de reemplazo constitucional pre-2019 lo demuestran. Por eso es que, en mi opinión, la política más significativa, y que tiene mayores posibilidades de perdurar y marcar una diferencia de este gobierno es el plan de búsqueda de detenidos desaparecidos. No podemos pensar nuestra democracia en el futuro teniendo todavía a miles de compatriotas desaparecidos. Espero que esa búsqueda genere el suficiente consenso social y presión institucional para lograr cosas impensables en otros tiempos, como la colaboración (abierta o anónima) de las Fuerzas Armadas y el levantamiento (voluntario) del secreto de la documentación y testimonios de las comisiones de verdad estatales. Puede ser un cierre aceptable, si bien nunca suficiente, a la enorme herida a la sociedad chilena provocada por la barbarie de la dictadura militar.
En el último tiempo se ha discutido bastante sobre si el proceso de la Unidad Popular fue fracaso o derrota ¿qué puede decir sobre ese debate?
Es un debate, creo, algo espurio, en la medida en que se entiendan las nociones de fracaso y derrota como antagónicas y excluyentes. El asunto tiene ya una larga historia, desde las primeras formulaciones al respecto de los intelectuales de la renovación socialista hasta las discusiones contemporáneas. En términos esquemáticos, cada una de esas aseveraciones se alinea con “memorias emblemáticas” heredadas de la dictadura: para quienes la UP fue una derrota, el golpe se explica en gran medida por la intervención extranjera y el carácter subversivo de la oposición interna, que pavimentó el camino para que los sectores golpistas al interior de las FFAA acumularan la fuerza suficiente como para desplazar a la oficialidad constitucionalista. Quienes ponen el énfasis en la derrota, por el contrario, el golpe se explicaría mayormente por los desvaríos de la Unidad Popular, el “empate catastrófico” de líneas estratégicas contrarias y las consecuencias inevitables de polarización social de un proceso revolucionario. El último libro de Daniel Mansuy es la reedición de esa tesis para nada original que busca explicar la reacción contrarrevolucionaria como efecto “natural” de la revolución.
Visto desde un punto de vista historiográfico, a mi parecer tanto el fracaso como la derrota son procesos interrelacionados y difícilmente separables, como lo son también la revolución y la contrarrevolución. Más que en una relación de causalidad, ambos fenómenos tienen que ser vistos de forma dialéctica. Dicho de otra forma, no podría haber habido derrota sin fracaso o viceversa. Las enormes dificultades y divisiones estratégicas de la UP se alimentaron de la radicalización y polarización de la sociedad chilena, atizadas por una labor opositora crecientemente insurreccional (que crecía junto a la polarización que gustosamente alimentaba). Así como la crisis económica y el pánico de los sectores propietarios y medios ante la política nacionalizadora de la UP generaron el paro de octubre de 1972, por poner un ejemplo, a su vez el paro de octubre dio paso a las formas más radicales de “poder popular”, que ensanchó aún más las diferencias al interior de la izquierda. No es posible, como hace Mansuy, separar el naufragio del proyecto de la vía chilena al socialismo de la contrarrevolución organizada, como tampoco es posible poner a Washington como elemento explicativo último de los pasos en falso de la revolución chilena. Creo que a nivel historiográfico aún estamos al debe en relación a ofrecer una explicación más integral que incorpore esta visión más dinámica, interrelacionada y conceptualmente más compleja de lo que significa el despliegue de una revolución institucionalizada, el desborde popular, la articulación de una alianza social contrarrevolucionaria heterogénea y de una oposición cada vez más sediciosa, todo ello a su vez enmarcado en -e íntimamente vinculado a- lo que Tanya Harmer llamó hace un tiempo “guerra fría interamericana”.
En su libro La creación de la amenaza roja. Del surgimiento del anticomunismo en Chile a la “campaña del terror” de 1964 mencionas que el anticomunismo fue un elemento estructural del desarrollo político chileno en el siglo XX ¿De qué manera esa afirmación sigue alimentando el contexto en el cual estamos hoy?
Una de las particularidades de la política chilena en el siglo XX es que tuvo desde temprano un fuerte Partido Comunista, inscrito sin ambages en el horizonte revolucionario de matriz soviética. Y no sólo eso. Desde los 1930 en adelante construyó una fuerte presencia en la clase obrera urbana, en sectores medios radicalizados y en el mundo de la cultura, lo que le valió una presencia constante como persuasión ideológica de primer orden de importancia, incluso durante los años de proscripción y persecución de 1948-1958 y 1973-1990. Hoy, luego de que pasara mucha agua bajo el puente, sigue siendo un actor político relevante. Hoy es partido de gobierno, sin ir más lejos, con militantes suyos en ministerios importantes. Pero eso no quiere decir que el anticomunismo siga siendo el factor estructural de la política chilena, amén de que existan expresiones de esa índole en el centro y la derecha política (e incluso en cierta izquierda, algo nada nuevo tampoco). Cuando en La creación de la amenaza roja planteé eso me refería a la existencia de una fuerte línea de división política que alimentaba -a veces de manera decisiva- identidades y prácticas políticas, especialmente en momentos de alta conflictividad política y social. Dicho en términos generales, la derecha política construyó su imagen, misión e imaginario en torno al anticomunismo, en tanto bandera de lucha que sintetizaba de manera atractiva para ellos y sus seguidores todo aquello que defendían: las jerarquías sociales, la propiedad, la versión conservadora de la nación, el orden hacendal, una democracia liberal restrictiva, el libre mercado, el catolicismo (cuando correspondía), etc. Me parece que hoy las derechas que pueden defender ideas y realidades equivalentes ya no lo hacen en nombre del anticomunismo como lo hicieron durante el siglo XX. Con el agotamiento de la idea revolucionaria y del orden ideológico y geopolítico de la Guerra Fría el anticomunismo perdió buena parte (aunque no todo) de su atractivo. No digo que no siga siendo enarbolado, sobre todo por parte de las derechas radicales, pero su potencia, función y alcances son más limitados.
En su último libro describe muy bien el camino seguido por sectores de la clase media en las décadas de los setenta y ochenta ¿Qué reflexión tienes sobre la clase media hoy en día en la coyuntura que experimentamos?
Si entendemos a la clase media como una identidad social fundada en ciertas materialidades, prácticas, moralidades y comportamiento culturalmente significadas como propios de ese mundo social, entonces inevitablemente llegamos a la conclusión que la clase media, como cualquier otro grupo, es un fenómeno histórico y por ende cambiante. Todo esto para decir que la clase media que estudio en mi último libro es muy distinta a la de hoy. De hecho, los 1970 y 1980 son el período de más radicales y profundos cambios estructurales, culturales y políticos de la historia chilena del siglo XX, por lo que no es difícil deducir que eso también marcó a fuego a aquellos sectores sociales identificados con el ideal social de la clase media. Hoy en día, la clase media -el ideal de clase media y quienes se movilizan por él- es mucho más difusa e inorgánica que en la época que estudio, lo que no quiere decir que no opere socialmente. El propio lenguaje de clase, antes hegemónico en la política chilena, es también mucho más fracturado y disperso. De allí que no sea fácil decir algo en términos generales de la clase media actual, más aún si consideramos el contexto de crisis y de reacomodos rápidos y no siempre coherentes de preferencias, subjetividades y comportamientos políticos a escala general.
Sí puedo decir lo siguiente, más como ciudadano con preferencias políticas de izquierdas que como historiador (en la medida en que sea posible hacer esa distinción del todo): cualquier proyecto de cambio social que aspire a transformaciones significativas y democráticas requiere de sólidas mayorías, como bien lo intuyó Allende. De allí que se requiera incorporar las subjetividades de aquellos identificados con la clase media, sus aspiraciones y expectativas, tal como fueron expresadas por muchas franjas de esos sectores durante el estallido social. Creo que pasado el período de “termidor” post-estallido, es posible recuperar el espíritu anti-neoliberal y favorable a la reconstrucción de lo público que circuló y aún lo hace por dentro y fuera del espacio sociocultural de la clase media. Eso requiere de trabajo político minucioso y responsable, quizás lo que más hace falta en la izquierda. Revertir esa situación es difícil, pero posible.
¿Cree que, a medio siglo del golpe de Estado, esta conmemoración va a marcar un precedente respecto de las que vendrán? ¿Cómo se imagina las conmemoraciones del futuro?
Por supuesto, no tengo una bola de cristal para ver el futuro. Como sabes, los historiadores rehúyen (o deberían rehuir) de hacer predicciones responsables. Eso no es sólo prudencia excesiva. Es, por el contrario, un reconocimiento al carácter contingente de la realidad social, de su carácter cambiante e impredecible. Aun así, he llegado a pensar que quizás este sea el último aniversario “redondo” significativo, tanto por la renovación generacional natural (en diez años más habrán pocos “testigos” del golpe vivos, al menos del grupo que experimentaron ese acontecimiento como adultos), como por sobre todo la orientación de la política hacia nuevas líneas de conflicto. No digo que en diez años más nadie vaya a hablar de esto, pero quizás no concite el mismo nivel de atención que en otros años. Todo eso dependerá, por supuesto, de la situación política y social de ese momento, de la cual no podría decir nada responsable. La memoria, como dije antes, funciona así, con altos niveles de flexibilidad y sin un carácter lineal. Pero también se agota, al menos aquella memoria referida a eventos traumáticos de nuestra historia reciente. Si deshacerse de las herencias de la dictadura y de las limitaciones de la transición implica bajar la intensidad de las luchas por la memoria para centrar nuestras energías en las causas del momento, yo no lo vería con malos ojos.

