Letra

¿Por qué desarrolla un interés por la política internacional particularmente centrada en los aspectos económicos? ¿Qué ofrece la historiografía en estos análisis que lo diferencian de otras disciplinas como pueden ser las ciencias políticas o la economía?

Esa es una pregunta con una respuesta larga. Mira, me formé en historia económica. Esa era mi principal interés cuando estaba en cuarto año de pregrado, en una época en que el pregrado duraba 5 años lectivos

En Pedagogía…

Pedagogía en Historia y Geografía. En esa época había estado leyendo a propósito esto de circular por fuentes de información que estaban proscritas, porque estudié en los 80 (terminé la carrera a fines de esa década). Por entonces algunos leíamos la revista Nueva Historia, que la podíamos encontrar en la Biblioteca Nacional y leíamos a gente que no conocíamos personalmente: Luis Ortega, Gabriel Salazar, Leonardo León y otros que estaban publicando sus trabajos en el ecosistema británico. También leía a Gabriel Palma que publicó un trabajo muy interesante en la revista de CIEPLAN N° 12. Por supuesto que me interesaba la transición chilena al capitalismo, las relaciones económicas, las relaciones internacionales con Estados Unidos por el peso que tenía durante el periodo de la Guerra Fría y con Gran Bretaña en el Siglo XIX. No me interesaba la historia colonial así como la habíamos aprendido hasta entonces. Cuando cursé la maestría traté de permutar el curso de paleografía por un curso de estadística, pero no me lo aceptaron.

Leíamos los clásicos que uno podía encontrar en alguna librerías de textos usados. Principalmente, la historiografía de Hernán Ramírez Necochea, Julio César Jobet, que tenía varias reimpresiones en fotocopia. Algunas textos de Gabriel Salazar, como el típico texto con él había enseñaba estando preso y no teníamos mucho más. Muchos libros habían sido eliminados o proscritos en las bibliotecas en general. Aun cuando, como siempre ocurre, los libros sobreviven de alguna manera. Un lugar donde solíamos ir en esa época era la biblioteca Roberto Belarmino, que está en la calle Almirante Barroso muy cerca de Alameda a un costado del ILADES (hoy UAH), había una puertecita, uno subía una escalera y arriba estaba, uno podía sacar un carnet. Y también tenía un carnet de la biblioteca del instituto chileno norteamericano, donde había una buena parte de la historiografía de los historiadores norteamericanos contrarios a la dictadura, o más o menos de centro izquierda, pero que la gente no captaba que estaban ahí, Brian Loveman, William Sater, Paul Drake, muchas de esas cosas yo las leí allí. También de la biblioteca del Goethe-Institut, un lugar acogedor y solidario, cuyo carnet de biblioteca era gratuito. Allí había mucho material y cada tanto sesiones de jazz.

Entonces uno más o menos rastreaba. Como siempre el presente te colocaba sobre la mesa temas que podían ser relevantes para tu propia agenda. Por cierto, el golpe de Estado, la intervención de Estados Unidos, la relación de Estados Unidos con América Latina era todopoderoso como temática. Para América Latina, de manera más estructural, los temas de la deuda externa o el fracaso de la industrialización, la inflación, eran grandes problemas que se argüían para explicar por qué América Latina tenía un desarrollo frustrado, un libro de Aníbal Pinto publicado a fines de los 50, que era parte de la explicación que a nosotros nos satisfacía plenamente. En esa época, la mayoría de nosotros, los estudiantes de izquierda, éramos dependentistas convencidos, sobre todo frente a la tremenda obra de Enzo Faletto y Cardoso. Después yo descreí de todo eso, porque los historiadores debiéramos ser siempre leales a la evidencia empírica, más que al discurso, y entonces la evidencia fue demostrando que esas explicaciones se quedaban cortas.

También me interesaba la historia económica porque su otra cara era la desigualdad y en los años 80, período en que Chile tenía una pobreza gigantesca. En consecuencia, era muy evidente que no necesitabas inventarte un problema de análisis, porque las paradojas estaban ahí. Teníamos el famoso libro del mapa de la extrema pobreza (ODEPLAN, 1975), actualizado en 1982. Además en avenida San Diego había conseguido un ejemplar del libro de Ricardo Lagos, hecho sobre la base de su tesis de licenciatura en Derecho (U. Chile), donde estudiaba la concentración del poder económico en Chile. Esto implica  que había bibliografía, a pesar de toda la prohibición, había suficiente como para que uno se pudiese imaginar qué podía estudiar y cómo podía estudiarlo. No había que ser tan creativo, sino que observador.

Además, cerca del Pedagógico había un espacio de desahogo como era FLACSO. Allí había algunos investigadores muy poderosos como Manuel Antonio Garretón, Norbert Lechner, Tomás Moulian, Leopoldo Benavides, Augusto Varas y Alicia Frohmann, entre otros. Además recibían la visita de otros como el mismo Paul Drake, Pamela Constable.

Arturo Valenzuela, que había hecho un libro realmente fascinante sobre el golpe, que mucha de la historiografía izquierda no leía o si lo leía prefería no usarlo. El debate después del golpe estaba dividido entre quienes decían golpe (coup d’État), que es un término técnico, y pronunciamiento que fue una categoría que se acuñó, no sé si para la dictadura, pero fue usado por aquellos que decían que “En realidad fue un mero pronunciamiento sobre lo que estaba pasando” y ese era el concepto que tomaba la gente que estaba a favor del golpe y la dictadura.

Juan Linz, un profesor de la Universidad de Georgetown, usó otro concepto: el de quiebre institucional (breakdown). Él organizó un programa de trabajo con sus tesistas doctorales y entre ellos, Arturo Valenzuela abordó el caso de Chile. Él se había criado en Concepción, hablaba castellano e inglés, como lenguas nativas. Entonces, siempre tuvo este lazo muy fuerte y fue estudiando a Chile. Ese texto me impresionó mucho porque logró desconectar la emoción del fenómeno histórico, dotándolo de teoría y creando una distancia para examinar dicha tragedia con más frialdad. Lo leí primero en inglés y después la misma FLACSO hizo una versión en castellano. La propia universidad (de Santiago) ha hecho una versión comentada de ese texto hace poquito, cuando se cumplió los 50 años del golpe. Recomiendo su lectura, no solo por esa historia, sino porque es un ejemplo de cómo tomar distancia, cuando abordamos una cuestión que nos interpela tan directamente.

Entonces, ¿qué tenía yo en mi cabeza en aquellos días? Muchos textos que me mostraban que la historia de Chile era la historia de la interacción de este país con el mundo.

Los historiadores que yo más admiraba, como Hernán Ramírez, miraban la historia del país en su dimensión internacional. Tres textos como ejemplos: el libro sobre Estados Unidos y la independencia de Chile; el libro sobre Balmaceda y la contrarrevolución de 1891; y Chile frente al poder económico de Estados Unidos (1930-1960). En consecuencia, había que hacerse muy el desentendido para no pensar la historia de Chile desconectada del mundo, descontextualizada del escenario en el cual estaba inserto. Como si, en efecto, pudiésemos pensar en una historia que ha transcurrido en el aislamiento total. Ni siquiera en la época de Pinochet, cuando el mundo occidental aisló a la dictadura, Chile estuvo completamente aislado. En esos años, la dictadura interactuó activamente con el Asia Oriental, que es el caso que yo más he estudiado, incluida la China de Mao y la Rumania de Ceaușescu.

Me parecía que esa dimensión no solo era interesante, sino que imprescindible. También me ayudaba el hecho de que podía leer en inglés y en francés. Eso me permitía acceder a esas informaciones. En la biblioteca del Instituto Chile Norteamericano me encontré con el libro de William Sater de relaciones entre Chile y Estados Unidos, un libro que apareció en 1990, pero ya había otros textos de Sater sobre la guerra del Pacífico donde se abordaba el rol de Estados Unidos. En esa biblioteca me encontré con unos libros de Frederick Pike sobre la relación entre Chile y Estados Unidos, un libro publicado en los 60, o el libro de William Sherman publicado en 1926. Entonces, sí, había un punto de partida. Y me parecía que lo determinante era el factor material y no el espiritual, que los vínculos económicos eran todo poderosos para explicar lo que estaba pasando con la interacción internacional de Chile con el mundo y que cuando observábamos la desigualdad y los conflictos sociales que había en Chile, parecía que la asimetría entre ricos y pobres era omniexplicativa. Es que tener una dictadura que salvaba los bancos con el erario público y que condenaba al 50% de la población en la miseria, no podía ser un dato que no te llamara la atención.

Los jóvenes de hoy no han vivido la pobreza que se vivió en el pasado. Incluso la gente dice, “No, pero si yo voy a una pobla…” Sí, pero voy a una pobla donde la gente tiene lavadora, tiene un refrigerador. Una pobla en donde muchos tienen un auto, no un auto del año, pero tienen algo con un motor que se mueve. Quizá donde hay gente suele ir a la playa. Cuando yo era estudiante universitario hicimos trabajo de campo, con el profesor Patricio Larraín[1], en la población Las Lomas, que estaba en fase de erradicación y pasamos una encuesta. El curso se inscribía en su tesis doctoral. Él estaba estudiando el impacto de las erradicaciones. Yo creo que cualquier historiador debería leer la tesis doctoral de Pato que debería estar en la biblioteca de la Católica, en Geografía. En esa tesis se predice lo que va a pasar con la marginalidad en el sector sur de la capital. Es impresionante. Yo fui uno de los estudiantes que recogimos información en terreno. Pero qué quiero decir, en esos terrenos nos dimos cuenta de que la mayoría de la gente nunca había ido a la playa, no conocían el mar. Quizá lo habían visto en la tele. Hoy día es difícil encontrar a una persona, por humilde que te parezca, que no haya ido al menos por el día a la playa. Es un ejemplo de la dimensión cualitativa que la pobreza tenía en los años 80 y antes.

Entonces, la noción de pobreza, que después vimos escrita, era la dimensión multidimensional, una pobreza omnipresente. Por decir algo, no importaba si tú vivías en Vitacura, en Lo Barnechea o en Las Condes, había poblaciones callampas por todos lados. Nadie podía imaginar que no había pobreza. Por ejemplo, debajo del puente Lo Saldes estaba esta población de Las Lomas, cerca de donde hoy día está Casa Piedra: el borde del rio estaba lleno de gente viviendo de manera informal y la gente iba a trabajar a las casas cercanas en labores domésticas. Allí había unas cuantas bicicletas y la gente se las prestaba e iban a trabajar a las casas acomodadas de los vecinos. En esos terrenos organizados por Larraín debíamos preguntar “¿cómo encontraban que era la calidad de su vida?” Y la gente decía, “muy buena. Acá tenemos paradero de micro, tenemos un teléfono público que cuidamos porque lo usamos todos”, “Los vecinos son todos buenas personas, nos cuidamos, acá no hay delincuencia.” “El señor del almacén nos fía, por lo tanto, si pasa algo, tenemos comida”. O sea, dentro del universo posible, la gente decía: “Sí, nuestra calidad de vida no es mala.” Y yo pensaba, “¡Pero cómo vas a pensar eso!” A unos pocos pasos estaba el rio Mapocho y en el invierno, con las lluvias subía el agua del río las casas se inundaban, ¡estas personas sufrían, etcétera o tenían enfermedades. Con las erradicaciones, se los llevaron para la zona sur de Santiago, los separaron, llegaron a barrios en donde no conocían a los vecinos, el señor del almacén no conocía a nadie, por lo tanto, no le fía a nadie, tenían que llegar a su trabajo tomando varias micros, por lo tanto le subió el costo de la vida y se creó una incertidumbre, la gente se escondió porque le tocó vivir al lado de gente desconocida y quizá peligrosa. Sus vidas, que ya eran muy precarias, empeoraron aún más.

Cuando los movieron para el sur de Santiago, ocurrió lo que Pato Larraín predijo en su estudio: los pobres y ricos se separan espacial y simbólicamente, dejaron de vivir unos contiguos a los otros. Por lo tanto, esos otros no solamente se convierten en “otros diferentes”, sino que en otros desconocidos y eventualmente “enemigos”. Y eso es bien central en la transición al capitalismo y está bien descrito por muchos autores, H. Kohachiro Takahashi, Rodney Hilton, etcétera. Este debate estaba incluido en la obra de Luis Ortega, en su tesis doctoral, en un artículo que él publicó en la revista Nueva Historia y en su libro Chile en ruta al capitalismo (Lom, 2018). Entonces era muy difícil para mí no haber estudiado la historia económica, los vínculos internacionales, no haber pensado en las desigualdades en la distribución del ingreso, etc. Estábamos en una dictadura, no habían partidos, lo político era muy lejano y a mí como estudiante del pedagógico, que teníamos a las fuerzas de represión adentro del campus todos los jueves de la vida…

¿Y por qué los jueves?

Porque por una cosa práctica decidimos que los jueves nosotros salíamos y cortábamos el tránsito y la fuerza pública entraba los jueves, hacían redadas y si te llevaban preso de ahí al lunes ya alcanzabas a salir. Y te llevaban preso frecuentemente. Nadie se preguntaba si alguna vez la vida te habían llevado preso. La pregunta era cuántas veces te habían llevado preso en esa semana. Por ejemplo, porque si había una jornada de protesta nacional íbamos al centro o íbamos a la concentración que se hacía en la escuela de ingeniería en la Chile, que era lo clásico, a Derecho por supuesto que no jaja, eso era una trampa porque no había como escapar. Entonces, claro, en ese escenario de violencia política, pero sin política de partidos y con diferencias tan extremas entre ricos y pobres, para mí era muy evidente que había una asimetría enorme cuyas raíces eran estructurales y tenían que ver con la economía y con una transición más larga.

Era muy evidente, tal vez por la dictadura, y por otras cosas que uno podía saber, que había dos opciones para entrar al pasado económico: estudiando a las víctimas o estudiando los victimarios. Y en ese sentido mi inspiración fue mucho más marxista, yo tenía interés en los malos, en los victimarios, porque los malos los veíamos toda la semana, los veíamos en la televisión, los veíamos dentro del campus, los veíamos cuando nos subían a patadas a las micros. Entonces lo teníamos súper claro, yo por lo menos lo tenía muy claro. Por supuesto que el dolor te conmueve y es parte del asunto y precisamente porque te conmueve es que quieres estudiar eso, pero a mí me parecía que la parte más crítica de la explicación estaba en aquellos que tenían poder para hacer algo con la realidad, que aquellos que la padecían. 

Por eso, cuando hice mi investigación de tesis de maestría a mí me interesó, siguiendo a Marx y a Lenin, estudiar el cerebro del sistema capitalista, la agricultura, la minería y la industria son los brazos y las piernas del sistema, pero los bancos son el cerebro. Ahí se toman las decisiones. Cuando los grupos económicos lograban llegar a cierto nivel de acumulación, terminaban creando un banco. Los Edwards tuvieron un banco, Luksic tiene un banco, el grupo Matte tiene un banco…  Cuando llegan arriba, ¿por qué? Primero por el nivel de rentabilidad que produce un banco. Bancos con rentabilidades muy superiores a cualquier empresa, bancos que gestionan la intermediación del capital, bancos con una alta concentración del capital y con una enorme incidencia en el desempeño de la economía.

Eran una máquina para enriquecerse.

Exactamente. Ahora, yo no llegué a ese tema por cuenta propia. Cuando entré al magíster tenía dos temas posibles: la deuda externa en general, porque las dos tienen la gran mochila de la región, y los bancos porque que me rondaba este tema desde el salvataje que la dictadura había hecho los bancos, generando la gran deuda subordinada. Sin embargo, me di cuenta que no podía acceder a la información detallada de la deuda porque los archivos públicos tenían una restricción de 25 años. Entonces, como habían 25 años de restricción, tú comprenderás que si tú entras al magister en el año 90, vas para atrás y este objeto de estudio desaparece de tus posibilidades investigativas. Y habría terminado con puras fuentes secundarias, o sea, haciendo un refrito promedio de explicaciones que ya existían. Por ello era más posible abordar el siglo XIX o la primera mitad del siglo XX. Deseché la cuestión de la crisis de 1982 y la constitución de la deuda subordinada.

Tomé el curso de historia económica con Luis Ortega, el profesor a quien yo no conocía personalmente, aunque había leído. De hecho, mi primera opción no fue postular al magister de historia de la Usach. Mi primera opción fue estudiar el magister en economía en la Universidad de Georgetown, y pasé el primer corte, pero no el segundo, porque no tenía formalmente cursos de cálculo, de álgebra y de estadística descriptiva e inferencial. Entonces, saqué la cuenta que me iba a demorar 2 años en hacer esos cursos y dije, “No, es mucho tiempo, yo necesito comenzar ahora.” Terminé la universidad del 89 y en noviembre di mi examen de título, no era de grado porque no había grado, había título no más. Y en marzo o abril de 1990 ya estaba sentado en la sala del magíster de Historia en la Usach. Entonces, tomé a Lucho. Al postular al magister él tomó mi examen de admisión al magíster y me dijo, “Acá dice que usted tiene certificado el inglés.” Y yo dije, “Sí, Tengo certificado al inglés” “Ya” me dijo, “Entonces podemos seguir la entrevista en inglés.” “Muy bien”. Y seguimos la entrevista en inglés jaja. Bueno, en esa época sobraban los postulantes, por lo tanto, el proceso de selección podía permitirse algunos lujos como ese. Y bueno, después tomé el curso de historia económica del siglo XIX, que realmente para mí fue fascinante, y Luis ahí dijo “Ross hace los bancos porque es de familia banquera”. Claro, mi familia había sido, bueno, parte del Banco Edwards en el siglo XIX [uno no elige a sus parientes]. Hice el trabajo del curso en ese tema y encontré una veta. Me fui a los archivos y encontré la tensión de análisis que justificaba la investigación. Pensé “Ya, acá voy a hacer mi tesis de maestría.” Por lo tanto, para mí el resto del magíster fue pura hipertrofia: teníamos 14 asignaturas. Eran 2 años solo de asignaturas. Era otra época. Después venía la tesis, o sea, en el magíster tú te gastabas 4 o 5 años fácil. Lo que hoy sería un doctorado. Pero yo aprendí, lo disfruté, mi experiencia académica en el magíster fue extraordinaria, había un ambiente muy igualitario, intelectualmente muy estimulante y puedo afirmar que llegué a ese magíster solo por tener clase con Ortega. Por supuesto, encontré a otros profesores que eran también muy interesantes, pero a mí me interesaba historia económica pura y dura. Por eso, mi plan inicial era hacer una maestría en economía y después irme a hacer el doctorado en historia económica fuera de Chile, etc. Como sabemos, los planes cambian muchas veces.

Entonces, me dediqué a ese tema, gané mi primer proyecto Fondecyt y esa investigación que se convirtió en un libro que publicó Lom varios años después de concluida la tesis, era un estudio muy económico, que me demandó elaborar mucha información que no existía de manera completa. No sabíamos muy bien qué bancos habían existido en qué años y no podíamos resolver preguntas de entrada. No sabíamos de dónde venía el dinero para crear bancos, no sabíamos a quién le prestaban los bancos. Había datos e ideas sueltas en libros de Santelices, Subercaseaux, Villalobos y otros más, pero que tenían una base sustento empírico muy frágil. En consecuencia, había que hacer un trabajo minucioso para reconstruir todo aquello. Los bancos tenían un balance mensual y en un momento llegaron a haber más de 50 bancos en Chile. Hice el cálculo y tomé un rango que era desde 1860, año de la ley general de bancos, y reconstruí las series estadísticas hasta el año 1900. Eran 40 años, promedio de 40 y tantos bancos, un balance por mes, sin computadora y sin Excel. Lo que sí me compré fue una calculadora financiera y me compré el computador portátil cuando ya había ganado el primer Fondecyt. Hasta entonces había que trabajar con papel y lápiz.

Frente a este desafío, primero tenía que identificar la frecuencia más estable de los datos. Identifiqué que el mes donde la información estaba más completa era diciembre y que no era sustantivamente distinta a los otros meses. Entonces, tomé muestras de 4 años, 4 diciembres, desde el 1860 hasta 1900, registrando los datos más relevantes (capital pagado, préstamos, depósitos, emisión, etc.). No era una serie anual, solo una serie para tomar decisiones y me di cuenta de algo que después se matizó un poco. Me di cuenta que el sistema financiero chileno estaba compuesto por muchos bancos, pero que en verdad había tres o cuatro bancos que concentraban entre el 70% y 80% del mercado. Entonces dije, “Bueno, la gran explicación sobre lo que pasa con la banca tiene que ver con estos bancos.” Y los otros son escenario, acompañamiento de esta situación.

Fui tomando estas decisiones, probando y verificando por ensayo y error. El de entonces era un trabajo muy rudimentario, me recordaba siempre de una frase de Marcello Carmagnani que decía que la construcción de la estadística era un trabajo verdaderamente artesanal. Años después me encontré con él y conversamos de eso, y sí, era un trabajo bien artesanal y esa primera base de datos, más 2 años buscando y procesando bibliografía por todos lados, me permitieron armar un proyecto.

Yo necesitaba recursos para hacer la investigación y para dedicarme a la tarea. Entonces, me di cuenta que no había más opción que el sistema nacional de investigación. Estamos hablando año 1992 y mi decisión fue presentar un proyecto a Fondecyt con mi idea de tesis de maestría. Yo tenía un CV muy inicial, aunque había aprendido harto, buscando, preguntando y leyendo mucha teoría económica. Pensé “yo soy ayudante de proyectos Fondecyt, pero no sé hacer un proyecto realmente.” Entonces, fui a la biblioteca del CONICYT y pedí que me mostraran los proyectos de los ganadores de los últimos 10 años en historia económica. Seleccioné los que habían recibido mejor puntaje, los fotocopié completos y me los llevé a mi casa. Los puse en el suelo. Y vi que era posible determinar qué era un proyecto capaz de ganar. Miré cómo se escribían los títulos, si es que había un patrón, mi obsesión por los patrones, y sí lo había. Después, cómo presentaban las preguntas y las hipótesis, cómo escribían la discusión bibliográfica, porque el espacio era limitado, cómo escribían los objetivos, cómo presentaban la metodología, las fuentes, en fin. Y encontré que sí había un patrón. Y entonces, decidí armar mi proyecto a partir de dicho patrón. Y una vez que lo tenía armado, se lo presenté a varias personas para pedir su opinión, a profesores, a compañeros del magíster, me acuerdo haber mostrado el texto a Juan Carlos Gómez, a Aldo Yávar y a Gonzalo Vial Correa, que habían sido mis profesores, y otros más, ya no recuerdo. Eran gente de trayectorias heterogéneas y en común tenían la disposición de leer y opinar, aunque la mayoría de ellos jamás había ganado en Fondecyt.

Recibí la retroalimentación y ajusté mi proyecto. Pero no tenía patrocinio porque solo tenía unas horas como ayudante y eso era todo. Entonces, fui a hablar con Julio Pinto, porque otro compañero mío, Juan Carlos Gómez, también había decidido presentarse al concurso y él me había dicho, “Voy a pedir patrocinio” a la USACH. Pensé que era una buena idea. Entonces hablé con Julio Pinto, que era el director de la dirección de investigación de la Usach (Dicyt). Y entonces Julio vio el proyecto, me dijo, “Oye, me parece interesante… incluso acá hay bibliografía que no conocía. Está bien, pero hay que pedirle permiso al vicerrector”. Así que me tuve que entrevistar con Mauricio Escudey, que ya era el Vicerrector de Investigación. Mauricio me dijo algo muy crudo, pero verdadero, se lo recordé muchos años después, no como reproche, sino como anécdota. “Mira, mucha gente se presenta y muchísima gente pierde. Así que si tú pierdes, no importa nada, pero, si tú ganas, va a tener un impacto muy positivo para el magister, así que yo te voy a dar el patrocinio” El patrocinio era una firma y un timbre. A cambio obtenía un dato más en la estadística y un fondo de administración, que en mi caso era insignificante porque mi proyecto era muy pequeñito. Me presenté en 1992 y gané para comenzar en 1993.

¿Ganó en su primera postulación?

Sí, gané a la primera. Y mi discusión biográfica tenía como 150 títulos, claro, llevaba 2 años trabajando en eso. Entonces, aprendí varias cosas. Lo primero es que lo que yo había hecho no era demasiado brillante. Era bastante obvio: vamos a observar a los que están ganando, no a los que están perdiendo. Ah y el otro que leyó mi proyecto fue Alfredo Jocelyn-Holt. Y él me dijo, “no te hagas muchas ilusiones.” y tenía razón, pero yo no pensaba en eso, sino pensaba más bien, lo voy a intentar de la mejor forma posible. Yo sabía que el escenario era muy cuesta arriba, pero había que intentarlo. 

Cuando me presenté, recién había publicado un miserable artículo sobre el tema. O sea, no era como ahora que te exigen 10 papers. Tenía un artículo en una revista miserable y con eso gané porque la clave fue el proyecto, no mi trayectoria ni por mi CV de entonces. Gané porque logré convencer a quienes evaluaron, hice la investigación preliminar, o como decía Álvaro Jara, hice la investigación de base. No improvisé. Por ejemplo, cuando planteaba algo como “miré, el libro mayor, el libro diario, el balance, la memoria, la línea de no sé qué, etc.” Los evaluadores se veían forzados a pensar que “Sí, parece que esta persona sabe lo que dice.” Aun así te encuentras con desafíos: por ejemplo, encontré un libro diario de un banco, el libro diario indicaba el nombre de la persona que pidió un crédito, su área de actividad, cuánto le prestaron, el plazo, la tasa de interés, etc. Entonces, yo inferí que era posible elaborar un modelo de captura de la información que contemplaba esos campos. Lo que jamás me imaginé es que ese era el único libro diario que había en el archivo. No había ni uno más. Entonces, todas las formas como yo me había imaginado para capturar la información ya no eran posible (series anuales, etc.). La cosa es que me di cuenta de esto cuando ya había ganado. Entonces, tuve cambiar el diseño y buscar esa misma información en los archivos de notario, porque el banco hacía un contrato con los clientes cuando les prestaba dinero, cuando lo recibía y esos contratos se hacían ante notario. Tuve que olvidarme de las series anuales y hacer series quinquenales (cada 5 años). Pero todo eso fue un trabajo que me consumió un año o más de 1 año, yendo todos los días al archivo y a la biblioteca.

Usted se posicionó desde su perspectiva de la historia económica y de ahí llegó a lo transnacional, a lo global. Hoy día hay una serie de nuevas generaciones que se están también preocupando más de lo global que de lo local. Primero, usted se considera o considera que el enfoque que usted trabaja es de, como le llaman ahora, historia transnacional, historia global. Y segundo, cree que efectivamente hay una especie de superación del localismo, digamos, en las nuevas generaciones que ahora están buscando quizás más afuera que adentro, por lo menos para el caso chileno.

Me cuesta hablar en esas categorías de las nuevas generaciones, que están más enfocadas acá o allá, porque creo que nunca he visto una especie de informe en donde alguien haya hecho un diagnóstico de qué van las tesis de los estudiantes de historia en los últimos 10 años. Entonces, creo que solo hay una intuición. Ahora, a mí me interesaba lo internacional porque en mis años de pregrado nosotros usábamos la categoría imperialismo en serio. Entonces, habíamos leído y estudiado a Lenin, veíamos el enorme peso de Estados Unidos sobre América Latina, su influencia o su peso en los golpes de Estado que habían ocurrido y en lo que pasó en los años siguientes. En consecuencia, no era demasiado difícil que te interesara la dimensión internacional. A mí me da la impresión de que luego, con la emergencia de la globalización en todos los ámbitos, la gente se empezó a preguntar por esta globalización y hasta qué punto va a hacernos desaparecer en términos de nuestras propias identidades. Alain Touraine, Manuel Castel y muchos otros, empezaron a preguntarse por la cuestión de la identidad. Y en efecto la pregunta por la identidad como muchas de las investigaciones y muchas agendas de investigación en los 90 se volcaron hacia lo local, por largo tiempo. Yo diría que fácilmente por una década la gente empezó a preguntarse por la identidad, ¿qué significa ser peruano, ser chileno? Aparecieron estos textos de Bernardo Subercaseaux, de Jorge Larraín sobre la identidad chilena y no era una pregunta baladí, ya estaba presente en la en la discusión anterior con los estudios sociológicos y textos recopilatorios como los de Hernán Godoy. En parte, una vez que cayó el muro de Berlín y colapsó la Unión Soviética, se creyó que se estaba frente al final de la Guerra Fría (1991) y el “fin de la modernidad”, sobre todo para la filosofía francesa, que muy eficiente en poner “su preocupación” como algo de estatus universal. Por cierto, era solo europeo, pero la intelectualidad periférica lo compró total y acríticamente. 

Con todo, era un ruido muy grande en las librerías y conversaciones académicas. Con la caída del muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética, hubo la sensación de fragmentación. La URSS volvió a fragmentarse, no al punto de previo a la guerra civil de 1917, sino al punto anterior del proceso de rusificación de Pedro el Grande y Catalina II. Y reaparecieron las identidades locales, las lenguas, la religión, etcétera. Por lo tanto, lo local adquirió una atracción gigantesca. Y se reforzó la historia regional, que ya tenía sus jornadas. Entonces, se puso sobre la mesa la historia de una ciudad, de un barrio, “de un molino”, la petit histoire en el sentido que la historia de lo pequeño puede reflejar la historia de la totalidad. Pero, cuando se hace la historia de lo mínimo es para comprender mejor la totalidad y quizá algunos cultores de esta escala olvidaron lo central. Creo que hay mucho ejemplos donde lo anecdótico y particular no está al servicio de lo mayor.

Entonces, sí, yo diría que en los 90 muchos y muchas colegas que encontraron en lo local un nicho cómodo para trabajar, sobre todo si tú eres un historiador que estaba en una región, cuando todavía internet no estaba tan potente, que dependía de dónde estuviese el archivo regional, etc. Estas condiciones de entrada determinaron las agendas y se derivó en que se investigaba lo que era posible y no necesariamente lo que se deseaba. Esta imposibilidad llevó a explotar las opciones de realizar trabajo de historia del tiempo presente y el trabajo basado en entrevistas.

Finalmente, nuestra disciplina ha sido siempre historia del tiempo presente. Heródoto hizo su investigación entrevistando gente. El libro de Tucídides, la guerra de Peloponeso, se realizó sobre la base de entrevistas. La historia oral estaba en la matriz de nuestra disciplina. En los 90 se empezaron a hacer manuales de historia oral, como descubriendo lo más antiguo. A mí me encanta la frase de Olga Lepijina, una profesora que llegó aquí en la época que llegó Olga Ulianova, dijo “Lo nuevo, es lo viejo suficientemente olvidado.” Y me parece que tiene mucho sentido, porque muchas veces se descubre algo que en la disciplina se viene haciendo hace mucho tiempo. Entonces, claro, lo internacional estaba allí, en Tucídides y en adelante, en los 90 declinó, pero por efecto de algo internacional como el final de la Guerra Fría y la globalización.

En 2001, con el ataque a las torres volvió a aparecer esta sensación de inseguridad, al punto que muchos recuperaron agendas de investigación del periodo de la Guerra Fría. Quizá la nueva ola de lo internacional o lo externo tenga que ver con la saturación de lo local, aunque historia internacional, historia de las relaciones internacionales, historia transnacional, historia global, etc. es la incidencia de otros campos de estudio en la Historia. Quizá nunca estuvo tan lejos. Una diferencia relevante viene asociada con el acceso global a las fuentes, sobre todo de archivos, que permite estudiar lo internacional desde muchos lugares y que le devuelve a las y los investigadores la posibilidad de decidir por sus agendas, con independencia del lugar donde están las fuentes.

Hoy quienes hacen historia global no son precisamente globalistas o neoliberales, pero la categoría global sí lo fue y ya se ha instalado de modo que no se remita a su origen doctrinario. Es verdad que ya a finales de los 90 la idea de Anthony Giddens de que podríamos pensar que la globalización ya no es como un señor en una oficina de comando y control que domina el mundo, sino que parecía más bien que era un proceso que está ocurriendo en muchas partes, que no necesariamente lo dominaba alguien que estaba en el centro. Y entonces se empieza a pensar que tal vez la globalización también tiene que ver con procesos que incluso van en contra de los poderes hegemónicos. Globalización dice él, se empieza a desfigurar y en una versión de su libro “La tercera vía” Anthony Giddens dice: creo que respecto a la globalización hay tres sensibilidades, los que son globaloptimistas, dice él, inspirados por las doctrinas del Banco Mundial. Los que son globalifóbicos, que es la vieja izquierda, que se quedó sin negocio y que está lanzando piedras hacia allá sin tener algo para ofrecer, pero diciendo que eso no es bueno. Y otro grupo, donde se ubica él, que son los globalescépticos, que más o menos se identifican con la socialdemocracia, los que en el siglo XIX podrían haber sido los socialistas fabianos ingleses, y para él “Esto es la tercera vía.” La tercera vía trata de armonizar estas dos sensibilidades y siempre pone un ejemplo de tránsito, en que él y Tony Blair iban en un auto conversando sobre tercera vía. Le pide a Blair que de diga en síntesis qué entiende por Tercera Vía, entonces Blair responde lo podía explicar con un ejemplo del tráfico: Tercera vía es llegar a la esquina, señalizar a la izquierda y doblar a la derecha. Entonces sí, es una es una contradicción, es una inconsistencia, una incongruencia, pero finalmente lo que ocurre es que hay un matiz y una mezcla de estas dos cosas. Creo que ese tipo de cuestiones que ocurren en la política y en la economía contingente contaminan todas las disciplinas y la historia no está ajena a eso. La mayoría de los libros sobre historia de la Guerra Fría están escritas por gente que está a favor o en contra de la intervención estadounidense, la mayor parte de los historiadores que escriben sobre la Guerra Fría en América Latina es porque fueron jóvenes, en su mayoría, de izquierda y derecha, que subscribieron ciertas causas y que ahora le ponen historiografía. La Historia (disciplina) nunca está disociada de la historia (pasado) de quien observa y escribe. Esto, que es una obviedad, parece diluirse cuando las ideas están expresadas en lenguaje académico e impresas en los libros.

En consecuencia, me parece que esta especie de conciliación ideológica con la globalización y también se filtra a la discusión historiográfica y luego se pierde el rastro de esta conversación. Al primero que le escuché hablar de historia global fue a Marcelo Carmagnani en México, hace un montón de años atrás, y luego Odd Arne Westad, un historiador muy relevante, que ha sido omnipresente e influyente. Él, suscribiendo la tesis de la historia global, aplicó esta categoría a un recorte temporal específico que es la historia de la Guerra Fría (2005). Con todo, su estudio está dentro de la historia global mayor.

Antes se había trabajado, por ejemplo, historia transnacional, ocupando la teoría de las relaciones internacionales transnacionales que los cientistas políticos institucionalistas estadounidenses habían empezado a desarrollar desde principios de los 70, Robert Keohane, Joseph Nye Jr., gente como ellos habían empezado a trabajar transnacionalismo para decir: “Hay actores no estatales que tienen capacidad acción más allá de la frontera de uno o de varios países”. Empezaron estudiando el rol de los empresarios, las migraciones, las organizaciones religiosas, también la acción internacional de los partidos políticos, de los grupos insurgentes. En este movimiento, los enfoque teóricos y metodológicos se multiplicaron.

Entonces cuando la historiografía deciden reconciliarse con el concepto globalización es más posible hablar de historia global. En algún momento, tal vez por la enorme capacidad de agencia del autor de la tercera vía, se comienza a usar “globalización” como una categoría desprovista de sus atributos iniciales y la categoría de mundialización de Immanuel Wallerstein, parece que solamente le hace sentido a los neomarxistas. 

La historia global se pregunta por un espacio de interacción mayor, que incluye escenarios y actores con agendas muy diversas. La paradoja central de la historia global es tensionar la historia local, desbordando su propia agenda al punto de poner en riesgo sus supuestos más caros. Por ejemplo, Wallerstein termina por derribar la teoría de la dependencia, o sea, alguien marxista más que Cardoso y Faletto, ¿Por qué? Porque demuestra que el mundo no es solo una periferia y un centro, sino que hay periferias y centros en muchas partes. Entonces, él habla de que en realidad el mundo ya no es solo así, sino que es un sistema de esquemas de centro periferia, pero lo que él dice también es que hay una semiperiferia. Vale decir, países que abandonaron el centro por decadencia, pero países que estando en la periferia se movieron en dirección del centro, pero que todavía no llegan y muchos de estos lo que hicieron fue una experiencia de industrialización por sustitución de importaciones, pero exitosa. No como la de América Latina. ¿Por qué? Porque hicieron una industrialización con enfoque exportador. ¿Y qué países caben dentro del enfoque de Wallerstein?, pues los países del Asia Oriental. Desde ese enfoque me interesé en los países de Asia, leyendo a Wallerstein y pensando que esas ideas había  “una manera de explicar algo clave: ¿Por qué ellos sí y nosotros no? Si nosotros tuvimos universidades mucho antes que ellos, si teníamos industrialización mucho antes que ellos, ¿Por qué ellos no tienen hoy el problema de la miseria, de las dificultades de acceso a la educación, a la salud, a la comida, a la infraestructura? Por qué ellos lo resolvieron o lo están resolviendo y nosotros no.

Hoy día parece obvio que China se desarrolló, que lo hizo Japón, Singapur, Taiwán, Corea del Sur, pero esos países eran miserables en los 60, excepto Japón, tenían problemas de hambre, de agua potable, etcétera. Por mi trabajo he estado en esos países: en China, en India, en Corea del Sur, en Japón. La observación hace imposible no cuestionar los supuestos clásicos de nuestros fracasos den desarrollo. Por extensión, la historiografía que aborda esos procesos está obligada a integrar esas experiencias a las explicaciones teóricas de alcance medio que hasta ahora les resultaban suficientes.

¿Qué hicieron bien ellos y qué hicimos mal nosotros? Dudando de las explicaciones que estaban grabadas en bronce, no era muy difícil darse cuenta. Ahora, por supuesto la bibliografía ayuda, pero no era muy difícil. Nuestros esquemas analíticos sobre la industrialización sustitutiva de importaciones eran recursivos, sobre todo frente a la pregunta de por qué fracasó la industrialización. Sin embargo, cuando tú entrabas al detalle, a los archivos, a los números, no veías el imperialismo, veías malas decisiones tomadas por empresarios chilenos más dedicados a capturar al Estado, para conservar sus privilegios, que interesados en buscar formas para ser eficientes. ¿Por qué? Porque la economía estaba cerrada y los productos extranjeros no podían entrar y por lo tanto tú podías hacer un producto feo, malo y caro e igual alguien le iba a comprar. Pero cuando la frontera se tiende que abrir forzosamente por la apertura de 1975 y más tarde por el consenso de Washington, empiezan a entrar masivamente productos extranjeros, adentro las empresas comienzan sus mercados cautivos.

¿Cuáles se pueden actualizar? Aquellas que tienen tecnología, aquellas que tienen gente capacitada para innovar.  La explicación estándar era “Bueno, pero es que la tecnología es muy cara, que están en los Estados Unidos” Esa es la fórmula que no siguieron los asiáticos, los asiáticos dijeron, “Bien, ellos nos compiten, entonces vamos a copiar, pero también vamos a mejorar”, pero después, una vez que mejoraron los productos, comenzaron a patentar y a proteger. Por eso es que llegó un momento en que China entró al OMC, para protegerse del mismo tipo de práctica que ellos habían hecho antes. Todo lo cual se relacionó con un Estado fuerte, con enorme inversión en investigación y en educación, así como el altas exigencias a los estudiantes y trabajadores. Altas y cada vez más altas. Hoy, por ejemplo, la electromovilidad tiene cada vez más relación con China.

Dany Rodrik estudió esto en el caso de Corea del Sur. Los coreanos le quitaron los subsidios a las industrias privadas que no quisieron exportar porcentajes crecientes de su producción y, si insistían en no hacerlo, les imponían multas, les confiscaban las empresas y los metían presos.  La política industrial de América Latina nunca tuvo tanta decisión para imponer mejores desempeños. Es lo que le dice Zhou Enlai a Clodomiro Almeyda cuando van a pedir plata para el gobierno de la Unión Popular y Zhou Enlai dice: “Ustedes no necesitan plata, ustedes necesitan tomar la decisión de hacer la revolución, pero si la quieres hacer sin romper huevos, parece que no va a funcionar.”

Quizá hay algo biográfico que pueda servirle a alguien. Como he dicho, yo estudié historia económica, gané ese primer proyecto Fondecyt y pensé, con la ingenuidad juvenil de entonces, que ya estaba todo resuelto, que era hora de imprimir mi currículum y empezar a buscar alguna escuela de historia que quisiera contratarme. Y no conseguí nada, ni siquiera para hacer un curso en inglés. Era paradójico, porque la gente ganaba Fondecyt era muy poca. Me di cuenta que me había pasado a mí lo que le podía pasar a la política industrial de América Latina. Los que estaban adentro iban a crear cualquier tipo de regla para no competir. Bueno, entonces nada, tienes que adaptarte otra vez y, metafóricamente (pero en serio), ir a la biblioteca y sacar los proyectos y ver cómo se hace. 

Entonces empecé a estudiar las relaciones de Japón con Chile, algo de lo que ya había escrito al final de mi pregrado. En las primeras indagaciones se veía una vínculo bilateral muy fluido.

En FLACSO había leído un libro de Heraldo Muñoz sobre la política exterior del gobierno militar (1986). En este texto él instala muy fuertemente la tesis del aislamiento: Chile como un país aislado y el mundo entero repudiando a la dictadura. Sin embargo, la paradoja era que si tu mirabas las listas de países, aún había un gran número de ellos que seguían teniendo relaciones políticas, diplomáticas y relaciones económicas. Entre ellos, Japón reconoció a la dictadura muy temprano, también lo hizo Corea del Sur y otros países. Todos partes del capitalismo y aliados de Washington. La paradoja se tensiona aún más, cuando vi que los gobiernos de China y Chile no cortaron relaciones bilaterales. Aquí había algo que iba en contra de lo que dice el canon y la bibliografía. Y entonces el gobierno aislado parecía que no era tan aislado y quizás la dictadura sobrevivió tantos años porque quizá nunca estuvo realmente tan aislada. Quizá había una narrativa de aislamiento que difería de lo que realmente ocurría. Pensaba, si el gobierno de Pinochet hubiese estado completamente aislado, como el de Corea del Norte, tal vez habría sucumbido, pero no fue así.  Entonces, había una dimensión ahí que ya no era estrictamente económica, sino que había algo más, en términos políticos, pero que no podía ver todavía fácilmente.

Para efectos de postulación al doctorado, y con información general agregada, armé el proyecto, me presenté al doctorado en 1997 y me aceptaron para comenzar en 1998. En esa época el entusiasmo y la ingenuidad me llevaron a pensar que podía hacer un libro, una tesis sobre los 100 años de relaciones con Japón (1897-1997). A corto andar acoté el periodo, y una persona decisiva fue Eduardo Ortiz, que era profesor en el doctorado y que a la sazón era director de la Academia Diplomática y después del seminario de teoría en el doctorado. Le pedí que me ayudara para conseguir una autorización para ver los archivos que aún estaban bajo la reserva de 25 años y que por tal razón no los alcanzaba a ver. Entonces él me dio una carta, pude acceder a la documentación del período 1973-1990, a partir del segundo semestre de 1998. Revisé el archivo preliminarmente durante esos meses e hice lo de antes, armé un proyecto para presentarme a Fondecyt en 2000 y gané. Empecé a trabajar en 2001 para hacer una especie de caracterización.

Los años de la dictadura son muchos tiempo de investigación cuando tú miras archivos, entonces recluté a una ayudante e hicimos un índice de los documentos que servían: notas, télex y oficios, que a su vez se organizaban en tres categorías: ordinarios, reservados y secretos. Concluida la tarea vimos que eran exactamente 500 documentos con un promedio de 3 páginas cada uno. Debía volver y en esa coyuntura ocurrió algo muy inesperado. En esos días detuvieron a Augusto Pinochet en Londres.

En ese trance la Cancillería chilena organizó un equipo para traer a Pinochet de regreso a Chile. Entre otros convocaron a Eduardo Ortiz, de profesión abogado, master en ciencias políticas y doctor en relaciones internacionales, ambos grados obtenidos en el Reino Unido.

Eduardo dijo, “No. Yo no voy a trabajar en eso. Que lo juzguen allá porque acá no lo van a juzgar.” Entonces la cancillería decidió despedirlo.

Posterior a eso, llegué con mi listita de documentos para fotocopiar y la directora del archivo me dijo, “No se puede fotocopiar.” Y le respondo, ” pero yo tengo una carta de autorización.” Sí, me dice ella, “pero ahora no”, y yo pregunto “¡Qué puedo hacer! ¿Puedo sacar fotos?” “No.” “¿Puedo traer un escáner?” “Tampoco.” Y digo, “Bueno, entonces, ¿qué puedo hacer?” Ella desplaza suavemente su mano por su escritorio, toma un lápiz grafito, lo levanta, me mira y con no poca satisfacción, me dice, “copiar.” Era una cara de satisfacción brutal. Respondí que muy bien, me di la vuelta y me fui.

Evidentemente, tuve que rehacer la estrategia para abordar el asunto. Como ves, el éxito en la investigación siempre tiene que ver con tu capacidad de adaptarte a la adversidad, la gente que cree que cuando tenga tiempo y no tenga problemas personales, tenga buena salud, no sé qué más, entonces va a escribir una tesis, realmente no entiende de qué se trata investigar. Así no se escribe jamás una tesis. Examine los pocos documentos que ya había copiado, miré su estructura y diseñé una ficha de captura para organizar un especie de catastro.

Tengo una pregunta también que tiene que ver con algo que usted mencionó ahora y en la apertura del año académico 2025 de la Usach. Y usted dijo que la política exterior se trata fundamentalmente de salvar los muebles de la casa y que a menudo se terminaba difuminando el factor ideológico.

Bien! me gustaría poner el caso de la dictadura, ellos necesitaban sobrevivir, pero se daban cuenta que estaban asediados, sobre todo después del asesinato de Orlando Letelier. El Departamento de Estado y el Departamento de Justicia se les fueron encima. En ese escenario toda su tarea era sobrevivir y estaban dispuestos a hacer lo que fuera necesario para sobrevivir. Hace no mucho tiempo, con Alessandro Santoni y Sebastián Sánchez publicamos un artículo en la revista Historia 396 (Vol. 14, Núm. 1), explicando el rol de la violencia en la política exterior de la dictadura. Es muy relevante observar cuan pragmáticos y pendencieros podían llegar a ser, estaban dispuestos a mandar a asesinar a alguien donde fuera y esa es una señal muy poderosa que tuvo la dictadura para sobrevivir, por ejemplo le podrían haber dicho al presidente de Argentina, “Mire, usted tiene una gira a Roma, lo vamos a mandar a matar allá.” Y cuando tú, por ejemplo, mandas a un equipo a asesinar a otra persona que estaba cuidada por el gobierno norteamericano, Orlando Letelier no era cualquiera, era una persona muy importante en Washington. Lo mandan a asesinar y lo mataron en una calle a 10 minutos de la Casa Blanca. Ese asesinato fue una demostración de poder y de capacidad. En ese sentido, la política de exterior de la dictadura se concentró en sobrevivir y se volvieron extraordinariamente eficientes en eso. Esa es la dimensión que trabajo hace varios años (la supervivencia) y que no está agotada porque todavía no terminamos de reconstruir la trama de hechos y, en consecuencia, de entender bien todo esto.

Japón era un aliado para sobrevivir. Sin embargo, mirando la documentación me encontré con una cosa completamente distinta que contradecía lo que había escrito hasta ese momento sobre el vínculo Chile-Japón, veía un vínculo muy económico, muy de empresas privadas japonesas y chilenas y con un Japón que era muy despolitizado. Mirando los documentos me di cuenta de que el vínculo de Chile con Japón estaba completamente politizado, que tenía una agenda intensísima, por ejemplo, en la cancillería japonesa se había negociado el canje de Luis Corvalán, se había discutido sobre la reunión de Pinochet y Hugo Banzer en Charaña, que principios de los 80 los japoneses habían hecho lobby para que Chile renegociara su deuda con el Fondo Monetario Internacional, a cambio de que Chile no quedara excluido del sistema internacional de comercio, porque los japoneses tenían sus intereses en el cobre, en el hierro, en la madera, en los salmones, etcétera. Entonces, los japoneses no lo hacían por amistad con el gobierno, como pensé en ese momento, sino que por defender sus intereses. Terminada la investigación se convirtió en otro libro que publiqué por Lom, que el título no lo dice, aunque dice Alianza Estratégica, pero cuando entras te das cuenta como la supervivencia de la dictadura tenía que ver con una estrategia y con una táctica de política internacional que era ultra pragmática, que no tenía nada que ver con pretorianismo ideológico, y  que se relaciona con ese discurso que da el vicealmirante Ismael Huerta en Naciones Unidas, el 9 de octubre de 1973 y que hizo creer que esa narrativa era el reflejo de la política exterior de la dictadura. En los hechos, la dictadura estaba dispuesta a todo a cambio de sobrevivir, Pinochet sobre todo. 

Como ejemplo del pragmatismo asiático de la época, te comento que hace muy poco logré acceder al archivo de Henry Kissinger y me interesaban sus visitas a China, a comienzos de la década de 1970. En la documentación encontré la minuta de la conversación de Kissinger y Zhou en noviembre del 1973 cuando hablaron acerca del golpe en Chile. Eso lo voy a dejar para que lean el artículo que ya envié a una revista. Esa conversación que es brutal, y esa breve sección demuestra que hasta aquí nosotros no estábamos entendiendo casi nada de cómo eran las relaciones internacionales de Chile. Y qué era lo que pensaban los líderes de estos países. Zhou Enlaiinsistió en que Allende iba por un mal camino y que las cosas iban a terminar muy mal. Los chinos parece que preferían que Allende fuera mucho más lento, así como los soviéticos preferían que ganara Tomic y no Allende.

En este artículo, que al que le estoy haciendo publicidad, estudié el rol de Paraguay en la reconexión de Chile con Taiwán. Porque me interesa caracterizar la estrategia de la dictadura para lograr algo imposible: tener relaciones con  Taiwán y China al mismo tiempo, algo que supuestamente es imposible. Bueno, esta gente lo hizo y lo hizo a sabiendas de todos los incumbentes.

Considerando estos hallazgos, es claro que debemos revisar nuestra lectura del asunto, sobre todo cuando de dice que estos militares eran poco inteligentes, eran pretoriano ideológicos y que solo entendían de coacción. La evidencia demuestra que al parecer somos nosotros los que no entendemos nada. Entre ellos también hubo gente muy inteligente, conscientes de todo lo que hacían y a la que no se les puede excusar en base a un adoctrinamiento recibido de manera acrítica. Eran y son responsables, estaban y están plenamente conscientes de lo que estaban haciendo y lo hicieron con una enorme eficiencia. Por eso sobrevivieron 17 años en el poder y por eso el dictador murió en su cama. Eso es una tremenda derrota para la democracia chilena.

Estamos en un contexto internacional convulso, en ese sentido, algunos periodistas o analistas internacionales han señalado que podríamos estar ad porta de un nuevo orden mundial, ¿es efectivo que se están reconfigurando hoy los polos de poder y los equilibrios tras los últimos eventos bélicos? (hablamos de Ucrania, Gaza, Irán, o quizás hay otros que considere relevantes)

Es relativamente frecuente que en distintas momentos históricos se haya declarado el fin de la época contingente, anunciando el fin de un ciclo y el comienzo de otro. Esto no significa que la observación presente esté, per se, desechada, pero impone contar con algo más de evidencia para comprometerse con un anuncio de esta naturaleza. En esto los historiadores somos un poco más cuidadosos que los analistas que deben producir anuncios de impacto casi cada día.

Hay cierto consenso en que el orden internacional post segunda guerra mundial se fue agrietando desde comienzos de la década de 1970 y que terminó por derrumbarse entre la caída del muro de Berlín (1989) y el colapso de la Unión Soviética.

Hay relativo consenso que desde esta fractura en adelante, el mundo occidental entró en una fase de acomodo y de búsqueda, en donde la ansiedad más que la evidencia, hicieron pensar que junto con la Guerra Fría se había terminado la modernidad. Estas dos asunciones, muy válidas para la intelectualidad francesa, y que fueron bien distribuidas y digeridas en la academia de América Latina, no eran ciertas ni para Asia, ni para África, ni para el Medio Oriente, así como solo relativamente ciertas para América Latina y el Caribe . Ello, como en el auge de Grecia y Roma clásica, nos lleva a preguntarnos por qué entendemos que es el mundo y a qué nos referimos cuando intentamos usar esa categoría para describir y explicar lo que ocurre.

También hay relativo consenso que uno de los efectos de mediano plazo, asociado al fin de la Guerra Fría, ha sido la crisis de un mundo basado en reglas y la emergencia de un mundo centrado en liderazgos autoritarios. Otra vez, esa afirmación tiene más que ver con Europa y Estados Unidos, que con todo el mundo. Sin embargo, que esa hipótesis sea verdadera para ese mundo occidental, condiciona la interacción de dichos países con un mundo más estable, en un sentido sistémico, como es el de China e India, por ejemplo. En este contexto, la volatilidad asociada a la política de EE. UU. en ambos gobiernos de Trump, ha reforzado la percepción de incertidumbre como una condición permanente.

Lo que ha ocurrido y está sucediendo en Ucrania, Gaza e Irán, tiene una relevancia indudable en el corto plazo, pero los historiadores también estamos forzados a mirar en longitudes más largas. En el corto plazo parece que todo cambia radicalmente, pero en el mediano y largo, tenemos la percepción que la realidad no cambia tanto: ¿quiénes tienen el poder, quiénes suelen ganar y perder, cuan simétrica o asimétrica es la distribución del poder, cuan estable o cambiante es el sistema económico? Si respondemos estas preguntas mirando un recorte temporal de medio siglo o un siglo, solemos llegar a la decepcionante conclusión de que la continuidad es más robusta que el cambio. En este escenario, ¿es que nada cambia? Por cierto que no, pero no todo es cambio, como parece ser en el universo del corto plazo.

Los opinantes de los medios de comunicación suelen estar atrapados por el corto plazo. Nuestra obligación como historiadores es ver una longitud más amplia para leer e interpretar la dinámica entre continuidad y cambio con mayor certeza.

Usted en el año 2012 hacia un análisis sobre los desafíos de la política exterior chilena, en función de la realidad bajo los años de la concertación, afirmando que: “El actual Gobierno y los siguientes deben superar la debilidad de la política exterior del periodo 1990- 2009, escaso componente político y baja capacidad de anticipación de crisis, especialmente las vecinales. Y profundizar la exitosa política económica internacional de los últimos 20 años.” (p.854) ¿cree usted que el ciclo posterior de administraciones logró cumplir ese cometido?

Estoy convencido de que no lo logró. Se avanzó en algunas materias, pero superficialmente.

La política exterior de Chile sigue teniendo tres limitaciones: se extiende por el mandato de cada gobierno, depende de la voluntad presidencial y está subordinada al Ministerio de Hacienda.

Cada gobierno define los énfasis y desde Piñera 2 se discontinuó mucho de lo que hacía estable y creíble a la política exterior de Chile. De allí en adelante no se logro recuperar ese enfoque, que apostaba por el multilateralismo y el libre comercio. Paradójicamente, hoy eso es lo que defiende Pekín y lo que rechaza Washington.

El poder desmedido de cada presidencia expone la política exterior al desconocimiento y a la arbitrariedad. Nuestra Constitución sigue consagrando que la política exterior es una prerrogativa presidencial, en donde el Ministerio de Relaciones Exteriores es una entidad ejecutora de dicha política. Este es un arcaísmo que nos ha expuesto a pasar de ministros aficionados a expertos, sin que haya mecanismos que eviten la improvisación.

Por último, muchas veces, como fue el proceso de modernización del ministerio de Relaciones Exteriores, el desempeño de la política exterior depende de que el ministerio de Hacienda proporcione los fondos para ejecutar la política.

Nuestra capacidad para anticipar las crisis también es muy limitada. En el Instituto de Estudios Avanzados (IDEA) de la USACH se hizo una tesis doctoral sobre este asunto y en esa investigación se pudo comprobar que hay mucho por hacer y no se cuenta ni con la infraestructura, ni los recursos financieros, ni los equipos humanos para abordar este desafío.

Nuestra exitosa política económica, desarrollada en un contexto en donde el mundo basado en reglas no estaba en peligro, se ha visto afectada por el auge proteccionista de Estados Unidos y por la contienda comercial de este país con el mundo, sobre todo con China. En este segundo gobierno de Trump la tensión ha escalado muchísimo y Chile, como otros países, ha sido expuesto a elegir entre una potencia y otra, sin tener capacidad y herramientas para enfrentar este dilema.

Por lo anterior, reitero, estoy convencido de que no lo logró cumplir dicho cometido.


[1] Pato era profesor de la Católica y nos dictada un curso de geografía humana.