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Hace unos meses se publicó Un golpe global. La experiencia autoritaria chilena en el mundo, editado por Marcelo Casals y Mariana Perry. Un libro colectivo con autores de distintas nacionalidades que busca reflexionar sobre el impacto global de los “1970 chilenos”, preguntándose ¿por qué Chile se convirtió en un símbolo político global? Y ¿cómo se interpretó la experiencia chilena en otras latitudes? Abordando quiénes y por qué se movilizaron por Chile. En esta entrevista contaremos con uno de sus editores y nos dará algunas claves sobre las metodologías y principales tesis del libro.

Por Vicente Hernández Villa

Septiembre de 2025

Porque el fenómeno del impacto global de la causa chilena es de una dimensión que excede las capacidades de un solo investigador. Requiere de conocimientos particulares de contextos distintos entre sí, además de habilidades lingüísticas y capacidad interpretativa. No conozco a nadie, por ejemplo, que pueda leer checo, griego, italiano e inglés al mismo tiempo, y en el libro hay fuentes en esos y otros idiomas. Pero más importante aún, conectar a los investigadores que aparecen en este libro -y con varios de ellos hemos tenido vínculos ya hace varios años- permite confrontar interpretaciones, moldear ideas, discutir hallazgos, etc. Este libro es una empresa colectiva no porque reúna artículos de distintos autores, sino porque hemos trabajado juntos en la elaboración de un marco interpretativo común dentro del cual caben sus aportes y conocimientos específicos. Este libro aporta, entonces, a juntar, conectar y discutir sobre un tema del que en Chile mucho se habla, pero poco se investiga.

La hegemonía del inglés en la academia actual es, sin duda, un problema. Primero, por un criterio de elemental justicia a la hora de acceder a lugares de privilegio, recursos, editoriales, etc. Los países de habla inglesa han construido una hegemonía intelectual a partir de sus propios criterios y ello es en sí mismo excluyente. Pero más importante aún -o al menos más importante para mí-, dicha hegemonía del idioma inglés empobrece interpretaciones históricas al no considerar aportes en otras lenguas, especialmente el español y el portugués para el caso de la historia de América Latina. Hace un tiempo sostuve un debate sobre este punto con el historiador norteamericano Gilbert Joseph en las páginas de Cold War History, donde le enrostré precisamente esto: la exclusión de buena parte de la historiografía producida en América Latina limita los focos interpretativos utilizados, en este caso, en la academia norteamericana, que ha tenido la tendencia histórica a centrar los análisis en la acción de los Estados Unidos sobre América Latina y a desdeñar el estudio de contextos y agencias locales. Otra expresión de ese mismo fenómeno, especialmente en la historiografía “radical” o de izquierda norteamericana (véase el último libro de Greg Grandin si no me creen) es la romantización de América Latina como espacio impoluto de víctimas antes que actores. En fin, con una integración crítica y sistemática de la producción historiográfica que realizamos desde América Latina ese tipo de rigideces interpretativas quedarían en cuestión.

Al mismo tiempo, la historiografía hecha en Chile -y en muchos otros lugares de América Latina-, presenta sus propios problemas. Salvo excepciones, la historia política del período de la dictadura y, en general, de los años 1970 (es decir, incluyendo la experiencia revolucionaria de la Unidad Popular) ha estado enmarcada en un registro fuertemente nacional, cuestión que ha circunscrito los análisis hacia lo exclusivamente local, sin analizar conexiones y circulaciones más amplias. Todo ello ha limitado nuestras capacidades interpretativas dado que, para decirlo en breve, el impacto global de la experiencia autoritaria chilena no fue algo que pasó solamente “allá afuera”, sino que tuvo un rol de primer orden a la hora de moldear los términos del conflicto político al interior de Chile. Cuestiones como la adopción del lenguaje de los Derechos Humanos, la lenta reconstitución de oposiciones sociales, políticas y sindicales al régimen, las reformas económicas neoliberales o la renovación socialista, por sólo mencionar algunos tópicos, son ininteligibles si es que no se exploran circulaciones transnacionales. Todo ello, por cierto, no es fácil de hacer. La limitación nacional de parte significativa de la historiografía chilena y latinoamericana no es sólo una falla cognitiva. También es reflejo de disparidades globales a la hora de acceder a recursos para investigación.

Ahora, como dice la canción, no todo está perdido. Como señalas, tenemos herramientas con las cuales podemos superar limitaciones y poder hacer investigación realmente “global”, aunque tenga sus propios problemas. Los proyectos Fondecyt de ANID nos ha permitido a Mariana y a mí, y a tantos otros más, poder expandir las bases documentales de nuestras investigaciones y poder establecer conexiones y comparaciones a propósito de la proyección global de la experiencia autoritaria chilena. También nos ha permitido sostener colaboraciones académicas transnacionales, y este libro es tributo de ello. Más aún, Mariana y yo nos formamos en nuestros respectivos doctorados en el extranjero gracias a ese tipo de recursos, por lo que las propias condiciones de posibilidad de nuestras carreras han dependido del financiamiento público. Es algo que hay que defender y valorar, más allá de sus dificultades de gestión.

Este es mi tercer libro con LOM Ediciones, luego de dos publicaciones de autoría única: El alba de una revolución (2010) y La creación de la amenaza roja (2016). Por lo mismo, yo considero a LOM “mi casa”. Siempre estaré muy agradecido de Silvia Aguilera y Paulo Slachevsky (y todo el equipo de la editorial) porque me abrieron las puertas cuando era muy joven y me permitieron publicar mi primer libro, que era mi tesis de licenciatura. Desde ese momento, el apoyo y diálogo ha sido constante. Por todo ello, el proceso de elaboración del libro fue bastante fluido, aunque siempre en los tiempos (largos) que estas cosas implican. El proyecto inicial tuvo una reacción muy positiva del comité editorial de historia y las cosas avanzaron bien a medida que íbamos elaborando el libro.

El catálogo de historia de LOM, bien lo sabrán ustedes, es bastante amplio, quizás el más grande de una editorial chilena post-dictadura. Este libro, creo, viene a aportar con un tema no siempre considerado; como ya mencioné, el de la proyección global de la experiencia chilena. Además, acerca a un conjunto variopinto de investigadores, la mayoría de los cuales no viven en Chile, al catálogo y los lectores de LOM. El libro, sin querer exagerar su importancia, puede ser un puente entre mundos académicos de otras latitudes y los circuitos, redes y capacidad de impactar en la esfera pública chilena de LOM Ediciones.

Con esa expresión queremos dar cuenta del enorme impacto mundial que tuvo el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 en Chile, al punto de reconfigurar lenguajes, prácticas e identidades políticas en muchas partes del mundo. Ejemplos de todo ello abundan, desde las prácticas de solidaridad de jóvenes estadounidenses que vieron en Chile la continuidad de Vietnam, hasta el Partido Comunista Italiano, uno de los más grandes de Occidente, que decidió una nueva línea estratégica a partir del golpe chileno. Todo ello, por cierto, es explicable históricamente y este libro apunta en esa dirección: el atractivo que había generado la Unidad Popular en el contexto de la “distensión” de la Guerra Fría, la espectacularidad mediática del golpe con La Moneda bombardeada y la represión desembozada, la indignación masiva y humanitaria ante la brutalidad de la tortura y las desapariciones, el agotamiento del anticomunismo de Guerra Fría como justificación a autoritarismos militares, el “experimento” económico neoliberal, o las conexiones que las propias fuerzas políticas chilenas habían construido en las décadas anteriores. En fin, todo ello y más posibilitó que el golpe chileno deviniera en un “golpe global”, quizás como ningún otro fenómeno político de esa naturaleza en esos años.

Primero, que la experiencia autoritaria chilena -la dictadura de Pinochet- fue un fenómeno de capacidad transformadora a escala global. Es decir, su valor como símbolo político fue tal que logró integrarse a distintos contextos, algunos de los cuales se analizan en los distintos capítulos de este libro, desde la Checoslovaquia post-invasión soviética de 1968, la Grecia que salía de la dictadura de los coroneles, hasta la Argentina peronista previa a su propia dictadura militar, entre otros. Hay todavía muchos otros casos que seguir explorando, sobre todo en lo que entonces se conocía como Tercer Mundo, Australia, países latinoamericanos como Venezuela o Costa Rica, etc.. Además, como demuestra el artículo de Mariana Perry sobre la Internacional Socialista, dicho impacto no se limitó a casos estrictamente nacionales, sino que estimuló la transformación de redes como las socialdemócratas que en los años 1970 se orientaron cada vez más hacia luchas tercermundistas dejando atrás el anticomunismo de Guerra Fría.

Segundo, que dicha situación, bastante anómala para un país pequeño y relativamente aislado, se puede explicar por lo que cierta historiografía conoce como los “1970 globales”. Dichos años han sido caracterizados como de crisis y malestar, de cambios estructurales en la cultura y la economía, marcados tanto por la fractura de los consensos económicos de posguerra y el auge de lo que después se llamaría como neoliberalismo, como también por nuevas expresiones culturales más centradas en el individuo y en causas identitarias (cuestiones sobre las cuales seguimos discutiendo en nuestros tiempos). El golpe chileno, no lo olvidemos, fue casi simultáneo con la crisis del petróleo, de vastos y hondos efectos económicos en Occidente. En suma, para decirlo en simple, los años 1970 fueron de transformación del orden de postguerra. Llevándolo al caso de las prácticas, identidades y lenguajes políticos, Chile tuvo un rol destacado por distintas razones para distintos actores, desde neofascistas italianos, autoridades estatales mexicanas, hasta editores argentinos, por solo citar actores que aparecen en el libro.

Y tercero, que en todo este proceso los actores chilenos fueron fundamentales, y no simples receptores de ayuda y solidaridad. Partidos, intelectuales y movimientos habían desarrollado redes y conocimientos internacionales mucho antes de 1973, cuestión que usarían con maestría en el exilio. Todo ello no se limitó a actores chilenos fuera de Chile: también desde dentro se tejieron redes que movilizaron recursos, solidaridades e iniciativas transnacionales. A ellos se le suman, por cierto, actores favorables al régimen, que si bien tuvieron un éxito mucho menor a la hora de cosechar apoyos, sí tejieron redes que en determinadas coyunturas -como la Operación Cóndor, por ejemplo- fueron importantes. Con todo, este último punto requiere de mucha más investigación y se encuentra incipiente en este libro.

La historia global “está de moda” desde hace muchos años. No es nada nuevo, por lo cual dudaría en tildarlo así, de “moda”. Otra cosa es que la academia chilena la haya cultivado de manera más o menos escasa o fragmentaria. Por cierto, existe una robusta tradición de historia internacional y diplomática, con exponentes destacados como el último Premio Nacional, César Ross, y también otros con obras importantes como Joaquín Fermandois. Pero la historia global y transnacional tienen un enfoque algo distinto: sin desdeñar el rol de actores estatales como autoridades o diplomáticos, se enfoca en las circulaciones y conexiones por sobre fronteras nacionales (en las épocas en que estas existen y son importantes, como el siglo XX), para así explicar fenómenos particulares con una mayor complejidad. Por ejemplo, para el caso de este libro, soy un convencido -y es una de las premisas de base de este proyecto y también de mis propias investigaciones al respecto- de que la dictadura militar no se puede entender sin precisamente aquel cúmulo de conexiones, reacciones, contactos, conflictos y trasferencias de lenguajes e ideas políticas que generó, y que ese fenómeno supera y con creces los marcos de acción del Estado (del chileno o de cualquier otro). En esto con Mariana no hemos estado solos, por supuesto, ya que nos antecede una tradición en la que nos formamos con nombres como Alfredo Riquelme, Olga Ulianova y el propio Fermandois, además de investigadores extranjeros, algunos de los cuales están presentes en este libro (Eugenia Palieraki, Tanya Harmer, Vanni Pettinà, etc.). Raya para la suma, el fenómeno no es tan nuevo como se ha pensado, pero eso no quita que aún queda mucho por hacer. Y para ello se requiere más y mejor formación en historia global, además de los recursos necesarios para su realización, como ya mencioné. Pero por sobre todo, se requieren instancias de diálogo y encuentro, como esperamos sea este libro, para acercar este tipo de conocimiento a audiencias chilenas. Estamos conscientes de que no somos los únicos en este esfuerzo, ni tampoco los libros son los únicos formatos en los que estos conocimientos circulan. También hay, por ejemplo, documentales (recomiendo, a este respecto, “Himno” de Martín Farías y Eileen Karmy, sobre la circulación global de la canción “El pueblo unido”), muestras artísticas, podcasts (véanse, por ejemplo, el capítulo de Radio Ambulante sobre la visita de Christopher Reeve a Chile), etc. Si para algo sirve el tipo aproximaciones desde la historiografía que cultivo es para dotar de conocimiento empírico e interpretaciones fundadas a fenómenos que son propios de la historia de Chile, tanto como de la historia de otras latitudes, pero en ningún caso es la forma exclusiva de generar y transmitir esos conocimientos.

De modo un poco provocador, aunque no creo que del todo exagerado, en la introducción comparamos el caso chileno con el de la España de la Guerra Civil y el Vietnam de la invasión norteamericana. Como sabemos, ambos casos también se convirtieron en “causes célèbres”, como se le denominan, es decir, coyunturas de conflicto local con reverberancias y significados globales. El caso español, en el período entreguerras y en medio del ascenso del fascismo en Europa y otros lugares, fue leída desde distintas prismas, tanto antifascistas como anticomunistas (por simplificar algo que tuvo mucho más matices), alimentando imaginarios y lenguajes políticos en distintas latitudes. En Chile, por ejemplo, el caso español fue fundacional de toda una generación política, la del Frente Popular, y sus efectos llegarían hasta la propia Unidad Popular y dictadura militar, como lo ha investigado Kirsten Weld. Lo propio puede decirse del caso de Vietnam, que en América Latina nutrió imaginarios y redes antiimperialistas que intersectaron también con el referente cubano. En otros lugares, como Europa, Estados Unidos y el Tercer Mundo, Vietnam fue un referente ineludible que marcó tensiones políticas, culturales y generacionales que le dieron su sello a la época. El caso chileno, creo, tuvo esa magnitud, aunque por supuesto con colores propios. Chile, por ejemplo, fue una experiencia fundante (no la única, por supuesto), de la emergencia del lenguaje de los Derechos Humanos. También del neoliberalismo, a la vez que se montaba sobre tradiciones anteriores antiimperialistas, revolucionarias, reaccionarias, etc. Estas cuestiones requieren de mayor investigación y sistematización, aunque este libro, creo, da pistas importantes para seguir avanzando.

Todo esto, por cierto, en los años 1970. Ya me referí a algunas de sus características generales a escala global. Pero en Chile fueron, sin duda alguna, los años más transformadores de la centuria. Empezó con la elección de un proyecto democrático, revolucionario y socialista, y terminó con la dictación de una Constitución autoritaria y neoliberal en clave refundacional. Y todo ello mediado por el evento de mayor relevancia local y proyección global de la historia contemporánea chilena: el golpe de Estado de 1973. No por casualidad aún muchas claves de sentido de nuestros problemas e insuficiencias del presente se anclan en esta época. Para mí es bastante natural -y urgente- centrar la mirada en estos años y desde esta perspectiva.

Esos lenguajes disponibles dependieron de otros contextos locales. Como demuestra Eugenia Palieraki en su capítulo, por ejemplo, la experiencia autoritaria chilena sirvió para que las fuerzas democráticas griegas tuvieran a bien moderar sus expectativas y cuidar la nueva democrática que emergía del desplome de la dictadura de los coroneles. Chile, más que un factor político directo, fue un símbolo que estimuló ese tipo de reflexiones y decisiones. Pero el asunto también recorrió espacios de encuentro inter y transnacional, como la ONU, la OEA o la OIT, por sólo mencionar arenas multilaterales conocidas. Allí el caso chileno se debatió fuertemente, y en conjunto con otras fuerzas y fenómenos de la época ayudó a moldear el lenguaje de los Derechos Humanos (antes de los años 1970, los DDHH eran marginales en la discusión internacional, y también chilenas, a pesar de que su formulación original data de 1948), como también el de la solidaridad internacional, el antiimperialismo, el anticomunismo, la democracia, el socialismo, la revolución y el neoliberalismo. Es decir, como es evidente, conceptos fundamentales de la época y, en varios casos, de la política moderna. Fue precisamente la capacidad simbólica del caso chileno, y la acción de actores estatales y no-estatales, chilenos y no-chilenos, la que hizo de él una experiencia global con significados diversos e incluso contradictorios para actores situados en distintos lugares ideológicos y geográficos.

No veo, honestamente, cómo el reconocimiento del carácter polisémico del caso chileno pueda devenir en una narrativa teleológica. Me parece, de hecho, todo lo contrario: al reconocer que Chile asumió distintos significados se asume el hecho de que ese símbolo fue disputado y obedeció a condiciones políticas, sociales y culturales concretas de cada momento y cada lugar. Sus acepciones e implicancias, entonces, no estaban escritas en piedra. De esa manera, los “usos” de Chile en Grecia, Checoslovaquia, México, Argentina, Italia, etc., no dependieron de una necesidad histórica, sino más bien de las circunstancias particulares de cada uno de esos lugares. Lo mismo podría decirse de redes transnacionales, cuya articulación con el caso chileno es más compleja ya que se ven tensionadas desde distintos lugares. El punto de este libro es identificar esa polisemia, estudiarla empíricamente y ofrecer explicaciones históricas de casos particulares. Esperamos con eso varias cosas, pero sobre todo avanzar en la acumulación de conocimiento que permita, en el futuro, una visión de síntesis de este fenómeno.

Una hipótesis fuerte del volumen es recentrar la agencia latinoamericana frente a visiones que lo explican todo por las superpotencias. ¿Qué ajustes interpretativos propone el libro para la historiografía de la Guerra Fría en América Latina y, en particular, para el caso chileno?

​Exacto. Como mencioné, es uno de los argumentos implícitos del texto. No sólo buscamos rastrear agencias locales que no siguen necesariamente la dirección de relaciones asimétricas de poder, sino que demostramos -o esperamos hacerlo- que la lógica de la Guerra Fría fue más compleja de lo que usualmente se asume, que no toda la acción histórica proviene de las grandes superpotencias, sino que en determinadas circunstancias experiencias “periféricas” fueron factores de transformación. Y más aún en los años 1970, los años de la llamada “distensión”, y en general, de pérdida de atractivo ideológico de las superpotencias (sobre todo, para cada caso, después de Vietnam y Checoslovaquia). Fueron años, además, de reforzamiento de contradicciones Norte-Sur, superponiéndose y a ratos superando a la confrontación bipolar Este-Oeste, como lo demuestran las propuestas sobre un “Nuevo Orden Económico Internacional” de marcado tenor tercermundista de la época. Chile, entonces, operó como símbolo transformador y activo en todos esos procesos y disputas desde un lugar periférico en lo geopolítico, pero protagónico en lo político.

Todas estas cuestiones, además, se engarzan con la tradición de los estudios de Guerra Fría latinoamericana, campo en el que inserto mi propio trabajo. A diferencia de perspectivas tradicionales, este campo -aún en construcción- pone el énfasis en circulaciones y conexiones de agentes de distinta naturaleza que no se limitan ni se subordinan a la voluntad de las superpotencias. De hecho, desprovistos de esos lentes interpretativos y leyendo con atención casos particulares, queda cada vez más en evidencia cómo la Guerra Fría fue una modalidad de conflicto ideológico integrado a distintos contextos locales -y conectado en distintas direcciones y formas-, antes que una mera imposición desde Washington o Moscú. No por casualidad Tanya Harmer escribe el epílogo de este libro, porque ella es una de las principales representantes de este tipo de corrientes interpretativas en la región, y que acuño la noción de “Guerra Fría interamericana” para dar cuenta de la autonomía relativa de actores regionales para el caso del Chile de la Unidad Popular.

¿Cómo combinan lo micro y macro para que “lo global” no diluya a los actores locales?

A través de una definición más precisa de qué significa “lo global”. A diferencia de lo que pueda pensarse, lo global no tiene que ver necesariamente con una escala mundial, macro o general, sino que más bien es una dimensión cambiante según el fenómeno que se esté estudiando. Así, una perspectiva global -las geografías, redes y actores que involucra- van a ser distintas si hablamos, por caso, de una historia global del azúcar en el siglo XVIII o de la experiencia autoritaria chilena de los años 1970. De allí, entonces, que haya que prestar especial atención a la extensión, magnitud y relevancia de cada caso en cuestión, y eso sólo es posible hacerlo con investigaciones específicas y -para volver a algo mencionado al principio- colaborativas. Es a partir del conocimiento específico de contextos locales y regionales, de actores, redes, espacios y prácticas que conectan y circulan, es que es posible una comprensión global de este fenómeno. De allí que sea tan importante -otra vez- la colaboración académica por sobre fronteras geográficas y lingüísticas, y también la investigación multi-archivística y en diálogo constante con especialistas dentro y fuera de Chile